Una campaña presidencial sin debate es una obra de teatro en la que los actores ensayan solos, sin público, y el día de la función simplemente leen el guion que ellos mismos escribieron. Eso es lo que Iván Cepeda le está ofreciendo a Colombia en estas dos semanas decisivas, su versión de los hechos, en el escenario que él elija, con las reglas que él fije, con el moderador que él apruebe. Lo que no está ofreciendo es lo único que de verdad vale en política, respuestas en tiempo real, sin red de seguridad.
Abelardo de la Espriella, en cambio, aceptó el debate propuesto por la revista Semana para el martes 9 de junio. Lo hizo de forma pública y sin ambigüedades: «Aquí está la fecha y la hora». No pidió vetar preguntas ni controlar el formato. Eso no lo convierte automáticamente en el mejor candidato, pero sí lo convierte en el candidato que en este punto específico está dispuesto a rendir cuentas ante los colombianos. La diferencia no es menor.
La táctica de Cepeda tiene una lógica electoral comprensible, el que va segundo no quiere darle a su rival una plataforma adicional ni arriesgar un traspié frente a millones de televidentes. Lo hemos visto en otras democracias. Pero comprensible no es lo mismo que aceptable. Colombia afronta decisiones de fondo, cómo salir de una crisis fiscal sin hundir el gasto social, qué hacer con 27.000 combatientes armados en expansión, cómo recuperar la inversión que se fue en cuatro años, y los ciudadanos tienen derecho a escuchar a los dos candidatos frente a esas preguntas, al mismo tiempo, sin filtros ni asesores de campaña de por medio.
El debate no es un favor que los políticos le hacen a los medios. Es una obligación que los candidatos tienen con los votantes. Cuando Juan Daniel Oviedo, que terminó tercero en la primera vuelta, exigió públicamente «no más cafés, más debates», estaba articulando algo que millones de colombianos sienten pero no dicen, ya no alcanza con las entrevistas armadas, con los eventos de campaña controlados, con los mensajes producidos por el equipo de comunicaciones. Hace falta la cancha abierta. Hace falta el riesgo.
A Cepeda le quedan pocas horas para tomar una decisión. Si finalmente se sienta a debatir, bien. Si sigue poniendo obstáculos, los colombianos sabrán que eligió protegerse a sí mismo antes que servir a quienes quiere gobernar. En cualquier caso, la ausencia habla. Y Colombia lleva demasiado tiempo escuchando lo que los políticos no dicen.
