Sobre la forma, el fondo y la educación

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La reflexión que aquí se ofrece podría ser calificada de romántica, lo cual, a estas alturas de la historia, ya no tendría por qué incomodar, pues hoy son más necesarios la pasión, el idealismo y los fines nobles que el conocimiento y la técnica sin amor del actual hombre-máquina.


Por: Felipe Jaramillo Vélez

Apegado más a la forma que al fondo, el hombre ha terminado por sacrificar la realidad por la apariencia.
 
Quizás, para muchos como yo, que rondamos los cincuenta años (un momento de la vida en el que no se es lo suficientemente viejo, ni lo suficientemente joven), nos ha tocado ver cambios radicales en lo que tiene que ver con el fondo y la forma de las cosas.

Nos tocó ir a una carnicería y llevar a casa la carne envuelta en papel periódico; en ese entonces lo que importaba era el producto y no en qué estuviera embalado.

Sin embargo, hoy las cosas han cambiado y las agencias de publicidad han hecho una venta importante que el hombre terminó por comprar: “las cosas entran por los ojos”.
 
De esta lógica no escapa la educación. En la actualidad, su gran fijación se encuentra más en en el método que en el contenido.

El balance entre los pro y los contra de la presencialidad y entre las bondades y las limitaciones técnicas de la virtualidad, opacan a la verdadera discusión.

una que aborda la educación nuevamente como un concepto cuyo estudio y comprensión requiere definiciones, nortes, ligaduras y rupturas frente a otros conceptos (habilidades técnicas, almacenamiento de conocimiento)  que, aunque parecen sinónimos de educación, no lo son e, incluso, en algunos casos, pueden convertirse en su antítesis.
 
Regresar al medievo, a esa «época negra» que muchos quieren desconocer y enterrar para siempre, podría darnos claves importantes sobre el verdadero significado del concepto de educación.

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Por ejemplo, podría recordarnos la inmensa diferencia que existe entre las artes liberales y las artes serviles.

Estas últimas entendidas como oficios repetitivos y mecánicos que bien pudieran ser realizados por máquinas, al responder más al método de reflejos condicionados de Iván Pavlov que a una verdadera escolástica que llegando a su cima en la Alta Edad Media, encontró amplios desarrollos en filósofos como Francisco Suárez y llegó a ser la base de los trabajos sobre educación de Baruch Spinoza y Gottfried Leibniz, más allá de las diferencias que estos pudieran tener con la tradición cristiana o la filosofía clásica.
 
Podríamos estar cometiendo un grave error en las discusiones actuales sobre la educación y su “futuro”, si no evaluamos el papel de los centros educativos y, particularmente, de la universidad, institución que de preservar el conocimiento y entregarlo a quienes demuestran pasión genuina y esfuerzo por conquistarlo ha pasado a una democratización del saber a través de la red, en la que pierde toda su fuerza y se vulgariza.

Este hecho que recuerda a Sansón, personaje bíblico a quien arrebataron su particular fortaleza mediante los encantos de la seductora Dalila, quien, actualmente, bien podría ser símbolo del mundo cibernético y de la falaz pero fascinante idea de que todos pueden aprenderlo todo sin necesidad de talentos naturales ni de procesos académicos.

Así pues, si para acceder al conocimiento no hace falta recurrir a la universidad, ¿cuál es la verdadera funcionalidad de esta antiquísima institución?
 
Defensores a ultranza de la tradición universitaria podrían decir que la academia es mucho más que profesionalización lo que Josef Pieper llamó el mundo totalitario del trabajo.

No obstante, poniéndonos serios ¿acaso no hemos convertido la universidad en una cuna de arte serviles, es decir, habilidades para el trabajo como elemento de supervivencia económica?

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¿Acaso no se han dejado las humanidades y, especialmente, la gramática, la dialéctica y la retórica, poniéndoles  el rótulo de habilidades blandas cuando, en realidad, estas resultan ser las verdaderas habilidades humanas, en tanto que las otras pueden ser reemplazadas por una técnica maquinas?
 
La reflexión que aquí se ofrece podría ser calificada de romántica, lo cual, a estas alturas de la historia, ya no tendría por qué incomodar, pues hoy son más necesarios la pasión, el idealismo y los fines nobles que el conocimiento y la técnica sin amor del actual hombre-máquina.

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