Una conversación económica que Colombia podría ampliar; la productividad empresarial

Hay una escena que se repite todos los días en miles de empresas colombianas.

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Un equipo contable pasa la mañana conciliando datos entre distintos sistemas. Una factura que llegó en PDF debe cargarse manualmente en el software contable. Un pago se retrasa porque alguien tiene que revisar un reporte más. Al final del día, horas de trabajo altamente calificado se fueron en tareas administrativas.

Nada de eso aparece en el debate económico del país. Sin embargo, ahí también se juega el crecimiento.

Con cada ciclo electoral en Colombia vuelve el mismo libreto económico. Los candidatos discuten impuestos, prometen subirlos o bajarlos, hablan de subsidios, gasto público, deuda y crecimiento. Pero en medio de esa conversación hay una reforma clave que casi nunca aparece en el debate público: la reforma de la productividad empresarial.

El crecimiento económico de un país no ocurre en los discursos políticos. Ocurre todos los días dentro de miles de empresas que intentan vender más, operar mejor e innovar. Ahí aparece una realidad poco visible: operar una empresa en Colombia sigue siendo extraordinariamente complejo.

No solo por el nivel de impuestos. También por la enorme cantidad de fricción operativa que enfrentan las compañías, como trámites, reportes, conciliaciones, procesos administrativos y plataformas que no se conectan entre sí.

Cada uno de esos obstáculos parece pequeño por separado. Pero juntos forman algo mucho más grande: una burocracia invisible que consume miles de horas de trabajo productivo. Horas que podrían destinarse a desarrollar nuevos productos, abrir mercados o mejorar la competitividad.

Cuando se habla de crecimiento económico normalmente se piensa en grandes decisiones macro: reformas tributarias, políticas fiscales, inversión pública. Pero, la productividad de un país también se construye en algo mucho más cotidiano: qué tan fácil es para sus empresas operar.

Durante décadas, la infraestructura económica de un país se medía en carreteras, puertos o sistemas financieros. Hoy también se mide en algo distinto: qué tan eficientes son sus procesos empresariales.

La tecnología, y particularmente la inteligencia artificial, está empezando a cambiar esa ecuación. Muchas de las tareas operativas que históricamente ocuparon buena parte del tiempo de las organizaciones, como procesar información, reconciliar datos o gestionar procesos administrativos, comienzan a automatizarse. Esto está transformando algo fundamental en la economía.

La diferencia entre una empresa altamente productiva y una empresa promedio ya no depende solo del talento o del capital. Depende cada vez más de qué tan eficiente es su operación.

Los países que entiendan esto y faciliten esa transición verán empresas más competitivas, más innovación y mayor crecimiento económico. Aquellos que no lo hagan seguirán atrapados en un problema silencioso: empresas que podrían crecer más, pero que terminan gastando buena parte de su energía lidiando con fricciones operativas.

Por eso, en un año electoral como el que vive Colombia, la conversación económica debería ampliarse. No basta con debatir cuánto recauda el Estado o cómo se distribuyen los recursos. También debemos discutir cómo hacer que las empresas puedan operar mejor, más rápido y con menos fricción.

Porque si Colombia quiere crecer de manera sostenida, el debate económico no puede centrarse únicamente en cómo repartir la riqueza existente, también debe enfocarse en cómo crear más valor.

Esa tarea no empieza en los discursos de campaña, empieza todos los días, dentro de miles de empresas que intentan dedicar menos tiempo a sobrevivir a la burocracia y más tiempo a hacer lo que realmente mueve la economía; innovar, producir y crecer.

Por: Matías Umaschi, CEO de Payana

Del mismo autor: ¿Por qué América Latina necesita una IA con contexto propio?

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