Una pandemia que se ensaña con Colombia

Parece increíble que Colombia va en camino a convertirse en uno de los países del mundo con mayor número de contagios por covid-19, sin mencionar que actualmente nos encontramos en una de las cuarentenas más largas. Sin embargo, independientemente de lo que concierne a la pandemia, me preocupa profundamente los efectos devastadores en la economía, la sociedad, la salud mental de las personas y en general en el desarrollo del país.


Por: Andrés Felipe Gaviria

No seré el encargado de realizar un análisis sobre si nos encerraron muy temprano o si el virus es más virulento que del que hubo en China, tal y como lo afirmó el alcalde Daniel Quintero.

Tampoco opinaré de las decisiones que se han adoptado y si estas han sido acertadas; o si se ha avanzado lo suficiente en la compra de ventiladores, de si hay cuerpo médico o no, y si estamos trabajando para acceder a una vacuna.

No, en este caso creo que lo conveniente es hablar del iceberg al que se dirige Colombia en este momento, piedra en la que seguramente vamos a terminar estrellándonos.

Lamentablemente hemos tenido una suficiente lista de empresas cerradas, hecho que ha generado la pérdida de más de 10 millones de empleos y las miles de personas fallecidas.

Ni hablar de las familias destruidas y de la otra clase de fenómenos sociales o de salud que han impactado negativamente la calidad de vida las personas.

Yo honestamente quisiera escribir estas líneas sobre cómo superar la crisis, de cómo seguir resistiendo esta batalla; quisiera sacar lo bueno, mirar el vaso lleno y ver lo positivo.

No obstante, cuando anoche martes 28 de julio, el presidente Iván Duque anunció otros 30 días de aislamiento en un momento en el que ya estamos sumergidos en más 10.000 casos diarios, en que las muertes siguen aumentando.

En donde hay errores en las muestras, en donde en algunos lugares no alcanza el personal médico, las peleas políticas siguen a la orden del día y los gobernantes a veces parecieran quedar incompetentes ante esta crisis, realmente no quedan energías ni ganas de escribir.

Quisiera pensar que nuestros líderes se levantan todas las mañanas con la mejor intención, con una voluntad de hacer las cosas bien y con el propósito de no errar; ojalá sea así y no pierdan la capacidad de escucha, autocrítica, evaluación, retroalimentación y de corrección.

Hoy quiero principalmente sentar una voz de alarma por la cantidad de empresas que van a seguir cerrando sus operaciones.

Honestamente, cada vez que recorro algún centro comercial y veo que cada vez se cierran más almacenes, no puedo dejar de sentir dolor porque no solamente es el cierre de un local o de un arriendo que se deja de pagar, se trata de unos empleos que allí se desprenden, las familias que dependen de estos, los servicios, los proveedores, los insumos, entre otras cosas.

Los restaurantes que han funcionado legalmente en Colombia durante toda la historia, hoy lastimosamente han tenido que verse abocados a seguir cerrando establecimientos y vender su mobiliario.

Incluso, hoy hay personas que ante el incremento de la pandemia están dejando de pedir domicilios por el miedo a contagiarse o porque realmente están comenzando a ver que la economía se está apretando más y tienen que ahorrar.

De manera que, es lamentable lo que ha pasado con este virus en nuestro país, no pretendo culpar a alguien, ni mucho menos atribuir a un gobernante la muerte de un ser humano por una infección.

Asimismo, pese a que han existido casos de indisciplina e irresponsabilidad, tampoco quisiera culpar a la gente.

Debemos entender de dónde viene el ser humano, la esencia, la información que cada uno tiene, su ADN, sus formas y sus costumbres.

En ese sentido, no podemos pedirles a ciudadanos de Colombia que ni siquiera respetan un pare, un semáforo en rojo o una fila en un banco, que guarden una cuarentena, que no hagan visitas familiares y que usen el tapabocas.

Al fin y al cabo, es lo que no has dado la tierra, es lo que tenemos y es lo que hay.

Ahora, en medio de todo este debate ha suscitado algo increíble y es que ningún gobernante puede hacer pública su fe y sus creencias.

Si bien soy católico, soy profundo defensor del estado laico y creo que ningún recurso público debe ir destinado a promover alguna religión, pero me opongo rotundamente a que se le prohíba a un mandatario que profese su fe.

Antes que gobernante es un ser humano con creencias, formaciones y convicciones, que no hay porque arrebatárselas por un periodo de 4 años si lo que está haciendo es prestar un servicio a la sociedad.

En mi caso, no queda más que encomendarse realmente a Dios y pedirle a él que tenga piedad de nosotros.

Por otra parte, temo por los supuestos viajes internacionales que se reanudarán en septiembre, seguramente los van a aplazar y probablemente el turismo regional tampoco se podrá reactivar en el corto plazo.

Ojalá se dé el milagro y sea cierto que salimos del pico de la pandemia luego de la segunda semana de agosto, pero el caso es que Colombia vivirá dos semanas bastante largas y serán 14 días de crisis, sufrimiento y angustia.

Ojalá me equivoque, pero no queda más que pedir misericordia, piedad y compasión ante un país que contaba con una economía frágil, desempleos muy irregulares, con un Estado inoperante en muchos rincones del país.

Al igual que con fenómenos de ilegalidad, índices tremendamente altos de criminalidad, especialmente desde que inició esta contingencia, porque puede verse como ha aumentado la inseguridad en ciudades como Bogotá y Medellín.

Espero que la tormenta pase rápido, que la noche se ponga más oscura de lo que estaba a ver si así vemos el amanecer pronto, porque honestamente entiendo y compadezco las posiciones de tantas personas que ya están cansadas, desesperadas, colapsadas y que no se hayan en sus casas y que no saben cómo afrontar esto.

Recientemente cumplimos 4 meses de encierro y en mi concepto nadie vino a la tierra para estar encerrados, de ahí que nos pegue duro y que nos haga caos en tantas situaciones.

Solo queda sacar la fuerza de voluntad, tener valentía y coraje; sacar esa flamante, famosa y repetida resiliencia, además de echar mano de lo que queremos para salir de esto.

Que Dios bendiga Colombia.

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