Durante años, su nombre fue sinónimo de represión, corrupción y hambre en Venezuela. La caída del dictador, tras más de una década de autoritarismo, debería ser motivo de alivio y esperanza para un pueblo que resistió todos los abusos posibles.
Pero en las calles de Caracas, Maracaibo o Valencia no se celebra una victoria definitiva; lo que se respira es una densa mezcla de incertidumbre, desconfianza y miedo. Es el respiro contenido de una nación que no sabe si al otro lado del régimen habrá, por fin, libertad o simplemente otra forma de sometimiento.
El anuncio hecho por Donald Trump de que su país acompañará la transición venezolana generó esperanzas, pero también confusiones. Washington aseguró que lideraría un proceso político ordenado, con supervisión internacional, para restablecer la democracia. Sin embargo, en el terreno los hechos cuentan otra historia: los llamados colectivos chavistas, grupos parapoliciales creados para sembrar terror en los barrios populares, han reforzado su presencia en diversas ciudades.
En lugar de un retiro ordenado de las fuerzas del régimen, hay intimidación y violencia. Quienes se atreven a celebrar o a informar son atacados: al menos catorce periodistas han sido detenidos en los últimos días, y decenas de activistas y opositores permanecen encarcelados sin garantías.
Es comprensible que una transición de esta magnitud no sea sencilla. Estados Unidos parece decidido a no repetir los errores del pasado, cuando intervenciones mal gestionadas en Irak, Afganistán o Libia, generaron vacíos de poder que derivaron en nuevos autoritarismos. Hoy Washington y sus aliados buscan una transición pacífica, ordenada y efectiva.
Pero para que esa promesa no se disuelva entre discursos, es urgente que las instituciones del chavismo que sostuvieron el régimen sean desmanteladas en su totalidad. Mientras figuras como Vladimir Padrino López, Diosdado Cabello, los hermanos Rodríguez, Tarek William Saab o el propio fiscal general sigan libres, el peligro de un contraataque permanece latente.
La captura de Maduro es un primer paso. Pero ningún país puede reconstruirse si los responsables del colapso moral, económico y político permanecen impunes. La Venezuela que se viene necesita verdad y justicia.
El país no solo debe cerrar una etapa, sino desmontar los mecanismos de control que durante veinte años se anclaron en las fuerzas armadas, las instituciones judiciales y los medios de comunicación públicos. No se trata de venganza, sino de garantizar que el aparato criminal no se reorganice bajo otro nombre o con nuevos cómplices.
A esto se suma un desafío mayor: reconstruir la confianza. Venezuela no podrá renacer únicamente con asistencia internacional; requerirá un liderazgo civil valiente y una ciudadanía dispuesta a reconciliarse sin olvidar.
La comunidad internacional tiene la obligación de acompañar este proceso con transparencia y respeto, pero también con firmeza. Ninguna transición puede florecer sobre la impunidad ni sobre la tibieza diplomática.
En los últimos años, experiencias como las de Sudáfrica o Chile mostraron que es posible desmontar un régimen autoritario si se combinan justicia, memoria y participación ciudadana.
En ambos casos, la comunidad internacional jugó un papel crucial, pero la fuerza moral vino desde adentro, desde la sociedad. Ese mismo espíritu deberá surgir hoy en Venezuela, donde millones de personas esperan que los próximos meses no sean el comienzo de un nuevo ciclo de frustraciones.
Estados Unidos, que impulsó la captura de Maduro, enfrenta ahora su prueba más difícil: consolidar un proceso de transición que no derive en una intervención eterna ni en la imposición de intereses ajenos a los del pueblo venezolano. El éxito de su acción no se medirá por el tamaño de su despliegue militar o económico, sino por su capacidad para ayudar a los venezolanos a reconstruir sus instituciones, su economía y su dignidad.
El golpe al corazón del chavismo ha sido certero, pero su sombra aún recorre las calles. La historia venezolana enseña que los dictadores caen, pero los sistemas que los parieron sobreviven si no hay justicia.
Por eso, la liberación de los presos políticos, el restablecimiento de la prensa libre y la captura de los últimos eslabones del régimen no son opciones: son condiciones mínimas para hablar, con propiedad, de una verdadera transición.
La caída de Maduro es un símbolo poderoso, pero aún no una victoria completa. El fin del miedo en Venezuela está más cerca que nunca, pero el abismo del silencio, si no se actúa con decisión, podría volver a tragarse la esperanza.
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