En la aviación comercial moderna, el tiempo ya no es el principal límite en los viajes, gracias a los avances tecnológicos, la optimización del consumo de combustible y aeronaves de última generación, las aerolíneas han logrado conectar ciudades ubicadas en extremos opuestos del planeta sin escalas. Hoy, algunos trayectos superan con facilidad las 15 horas de vuelo continuo, convirtiéndose en verdaderas maratones aéreas para tripulaciones y pasajeros.
Estas rutas ultralargas no solo representan un desafío operativo, sino también una apuesta estratégica para las aerolíneas, que buscan atraer viajeros dispuestos a pagar más por evitar conexiones y reducir el tiempo total de viaje. Según datos de la industria aérea, este tipo de vuelos se ha consolidado especialmente entre Asia, Norteamérica, Europa y Oceanía, regiones separadas por enormes distancias geográficas.
Viajes superan los 15.000 kilómetros y conectan continentes sin escalas
El ranking de los vuelos directos más largos del mundo está encabezado por la ruta entre Nueva York y Singapur, considerada actualmente la más extensa en operación comercial. Este trayecto supera los 15.300 kilómetros y puede tardar cerca de 19 horas, dependiendo de las condiciones meteorológicas y los vientos. La conexión es operada con aeronaves especialmente configuradas para largas distancias, como el Airbus A350-900 ULR, diseñado para maximizar eficiencia y autonomía.
Muy cerca se encuentra la ruta entre Newark, en Estados Unidos, y Singapur, que mantiene características similares y confirma el interés de las aerolíneas asiáticas por fortalecer su presencia directa en el mercado norteamericano. Estas conexiones permiten a los viajeros corporativos ahorrar varias horas frente a itinerarios con escalas en Europa o Medio Oriente.
Oceanía también ocupa un lugar destacado en este listado. Vuelos como Auckland–Doha, Auckland–Nueva York o Auckland–Dubái figuran entre los trayectos más extensos del planeta, con distancias que rondan los 14.200 y 14.500 kilómetros. En estos casos, la ubicación geográfica de Nueva Zelanda convierte a los vuelos sin escalas en una necesidad más que en un lujo.

Australia no se queda atrás. Las rutas desde Perth hacia Londres y París marcaron un hito al convertirse en las primeras conexiones directas entre el país oceánico y Europa. Estos vuelos, que superan las 14 horas, forman parte del ambicioso plan conocido como “Project Sunrise”, con el que las aerolíneas buscan unir cualquier par de ciudades del mundo con un solo vuelo.
En América del Norte también destacan trayectos como Dallas–Melbourne y Los Ángeles–Singapur, que combinan alta demanda internacional con la capacidad operativa de aviones de largo alcance. Estas rutas se apoyan en mercados corporativos fuertes, turismo de larga estadía y flujos constantes de viajeros entre continentes.
Más recientemente, Asia y América Latina se han sumado al mapa de los vuelos ultralargos. Un ejemplo es la conexión entre Shenzhen, en China, y Ciudad de México, que supera los 14.000 kilómetros y se ha convertido en una de las rutas directas más extensas del hemisferio occidental.
Detrás de estos trayectos hay una logística compleja. Las aerolíneas deben planificar descansos especiales para las tripulaciones, ajustar la carga de combustible, limitar el peso del equipaje y adaptar los servicios a bordo para vuelos que pueden durar casi un día completo. Por ello, muchas aeronaves utilizadas en estas rutas cuentan con menos asientos, mayor espacio y mejoras en la presurización para reducir la fatiga.
Más allá de la distancia, estos vuelos reflejan cómo la aviación comercial sigue rompiendo fronteras. En un mundo cada vez más interconectado, recorrer medio planeta sin escalas ya no es una rareza, sino una muestra del alcance que ha logrado la industria aérea en el siglo XXI.

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