Colombia despierta hoy con una de esas deudas históricas que solo la ausencia logra dimensionar. La partida de Germán Vargas Lleras no es solo la pérdida de un líder político; es el recordatorio de una sociedad que, históricamente, ha preferido vender su voto y pensar en su bienestar propio e inmediato, que en el de la sociedad. Pensar como sociedad al momento de votar es la tarea de todo ciudadano. En una nación que se ha acostumbrado a elegir mal, hoy nos enfrentamos al espejo de nuestras propias decisiones.
Vargas Lleras representaba al estadista en su forma más pura: el dirigente preparado, competente e idóneo que el país necesitó en 2010, 2014, 2018 y 2022. Sin embargo, en la era de la algarabía digital y el folclor de redes sociales, su seriedad y responsabilidad resultaron «aburridas» para un electorado que prefiere al «bacán» que sale bien en las fotos, aunque carezca de la mínima experiencia técnica en lo público o lo privado.
Esa preferencia por el espectáculo sobre la sustancia ha pasado facturas costosas. Elegir nombres por encima de capacidades técnicas, como ocurrió en su momento con Iván Duque y otros, ha dejado al país preguntándose, con una amnesia selectiva, por qué las cosas no marchan bien. La respuesta es dolorosa pero clara: no nos hemos hecho responsables de las consecuencias de nuestros actos en las urnas.
Pero el país no es el único responsable. Vargas Lleras también fue víctima de caudillos políticos que, temerosos de su figura y su capacidad de desplazamiento, prefirieron mantener cuotas de poder y rentas antes que permitir una dirección nacional sólida. Esa es la causa cancerígena de nuestra democracia: grupos y pequeñas mafias que secuestran el bienestar general por intereses particulares.
Germán estaba preparado para el país, pero el país no estaba preparado para él. Su elocuencia y su rigor técnico, de esa «madera que ya no hacen», harán falta en un escenario político cada vez más huérfano de líderes de verdad.
Como casa periodística, agradecemos la deferencia y elocuencia que Germán siempre tuvo con nosotros. Hoy despedimos al presidente que, aunque nunca portó la banda presidencial, se retira como el mandatario que muchos colombianos llevarán en su corazón. Su ausencia es ahora la tranquilidad que su presencia, cargada de verdades sin eufemismos, nunca nos permitió aceptar.
