En estos momentos, el país atraviesa unas elecciones presidenciales tensas, polarizadas y en las que se ha puesto en vilo la legitimidad del sistema electoral, a pesar de que ONGs, como Human Rights Watch, la MOE y la Misión Electoral de la Unión Europea han garantizado la transparencia de los comicios. Por ejemplo, según las cifras oficiales, la diferencia entre el preconteo y el escrutinio de la primera vuelta presidencial fue de tan solo 0,02 %, lo que hace muy difícil darle credibilidad a las afirmaciones del presidente Gustavo Petro sobre un posible fraude.
Precisamente el presidente, jefe de Estado y de Gobierno, referente de la unidad nacional, como un mal perdedor cuestionó los resultados a través de su cuenta en X. En últimas, se trata de un acto de irresponsabilidad al poner en duda las reglas básicas del juego democrático que, como lo señaló Alejandro Gaviria, son fundamentales para que haya elecciones libres, siendo su principio de oro aceptar los resultados adversos.
Además, las elecciones pasadas no pueden ser vistas únicamente como una derrota para el partido de gobierno. Si bien el Pacto Histórico, con su candidato Iván Cepeda, no ganó la primera vuelta, demostró que, como fuerza política, ha crecido y consolidado bases claras alrededor de un proyecto político que cuenta con el apoyo de más de nueve millones de colombianos.
Ahora bien, en el marco de esta situación tensa, me surgió una reflexión que me ha acompañado a lo largo de la vida: a nosotros no nos enseñan a perder. Tanto la educación básica como la superior se han enfocado en gran medida en formar sujetos con las competencias que exige el mercado laboral; sin embargo, cada vez nos preocupamos menos por el pensamiento crítico, las competencias ciudadanas y las habilidades blandas, especialmente la capacidad de gestionar la derrota.
En estos momentos de emociones exacerbadas, en los que la gente se grita por pensar distinto; en los que se tilda de “hp”, “guerrillero” o “facho” a quien no comparte las mismas afinidades políticas, estoy más que convencido de que, para seguir construyendo lo que entendamos como proyecto de país, tenemos que aprender a perder. Esto no significa resignación. Significa, aunque suene a cliché, aprender de nuestros errores. En últimas, la vida no es una seguidilla de éxitos y, muchas veces, puede desilusionarnos. Sea cual sea el resultado, al día siguiente seguiremos trabajando, estudiando y existiendo en sociedad.
Después de la derrota sigue habiendo vida, aunque nos cueste creerlo porque siempre nos han enseñado que lo importante es “ganar” un partido, “ganar” un juego, “ganar” una materia; pero lo cierto es que en la vida la pérdida es inevitable. Como lo presenta Costica Bradatan, la derrota es parte de nuestra condición humana y precisamente es en cómo la sabemos llevar en donde encontraremos respuestas profundas sobre nuestra existencia en este mundo.
Así, casi como en esos libros de autoayuda, los colombianos tenemos que entender que, sea cual sea el resultado de las elecciones, gane o pierda nuestro candidato, como ocurre en los partidos de fútbol tendremos que reponernos, seguir con nuestra vida y ser conscientes de que podemos vivir en la diferencia. La vida sigue y, en un país que clama por la paz desde hace décadas, en estas elecciones más que nunca necesitamos buenos perdedores y ganadores.
Del mismo autor: El panorama democrático de una Colombia dividida
