El Abelardo que yo conozco

Hace casi diez años conocí a Abelardo de la Espriella en su oficina en Bogotá. Era un encuentro de trabajo, pero lo que encontré esa tarde fue algo que no esperaba: un hombre que hablaba de Colombia con una emoción que no se improvisa.

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No era el discurso de alguien que busca un cargo. Era la convicción de alguien que sabe exactamente lo que quiere defender.

En los años siguientes mantuvimos una relación que fue creciendo, con conversaciones en distintos momentos y contextos. Y en todas ellas encontré al mismo Abelardo: riguroso e inquieto, con una mente que no descansa y con un sentido de lo justo que no se negocia.

Lo que más me llamó la atención fue algo que raramente se ve en quien termina siendo candidato presidencial: Abelardo no quería serlo. Cada vez que la conversación rozaba la política, la esquivaba con honestidad. Decía que ese mundo tenía demasiadas cosas con las que no podía estar de acuerdo. Su familia era siempre el centro, la prioridad máxima. Pero el amor por Colombia era tan genuino, y la frustración de ver las cosas mal hechas era tan profunda, que no lograba disimularla del todo. No llegó a la política porque la ambicionó. Llegó porque la conciencia le ganó a la comodidad.

Vi cómo construyó una de las firmas de abogados más exitosas del país entendiendo el derecho como instrumento de dignidad. Su firma defendió a periodistas y medios de comunicación de forma completamente gratuita porque creía en la libertad de prensa antes de que fuera conveniente creerla. Mientras muchos medios hoy lo atacan con una ferocidad que me resulta incomprensible, yo sé que Abelardo ha sido uno de sus defensores más silenciosos y genuinos.

Durante la pandemia creó Cosecha Solidaria para comprarle a los campesinos sus cosechas a precios justos cuando nadie más lo hacía. Sostuvo una beca con su nombre para apoyar a jóvenes sin recursos. Nada de eso lo hizo para que lo vieran. Ese Abelardo filantrópico y discreto es el que los titulares nunca muestran.

Y luego está el intelectual. Durante años fue el columnista más leído en prácticamente todos los medios donde escribía. Semana tras semana, con nombre propio y sin red de protección. Sus libros, La pasión del defensor y Amores criminales, confirman la capacidad de moverse entre el análisis jurídico, la narración y la reflexión humana sin perder el hilo de ninguno. Eso es imposible fingirlo.

Colombia no necesita un presidente perfecto. Necesita uno que llegue libre, sin deudas políticas, sin los mismos de siempre, con libertad real para escoger a las personas correctas y exigirles resultados. Uno que entienda que sin seguridad y sin justicia nada se sostiene. Que sepa que crecer por encima del 5,5% no es un eslogan sino una necesidad. Que tenga claro que Colombia no puede seguir de espaldas al mundo.

Con José Manuel Restrepo como vicepresidente, la fórmula me genera confianza real, la experiencia e inteligencia de Restrepo, terminan de afianzar más la decisión.

El 21 de junio voto por Abelardo de la Espriella. Como una decisión consciente de alguien que lo conoce, que ha visto cómo piensa y cómo actúa cuando nadie lo está mirando. Y eso, en política, es lo que más vale.

Andrés Felipe Gaviria Cano

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