En Colombia parece haberse instalado una idea equivocada: que un dólar caro siempre es bueno y que un peso fuerte necesariamente es una mala noticia. Cada vez que la tasa de cambio cae, aparecen voces preocupadas por los exportadores, los cafeteros, las empresas que facturan en dólares o quienes reciben remesas. Es legítimo escuchar esas preocupaciones, pero convertirlas en el centro de la discusión nacional ignora una realidad elemental: Colombia no es una economía exportadora, y la mayoría de los colombianos recibe sus ingresos, consume, ahorra y paga sus obligaciones en pesos.

Este 24 de agosto, la TRM se ubicó en $3.048,12 por dólar, un nivel que no se veía desde 2018
Frente al mismo día de 2025, el dólar ha perdido cerca del 24% de su valor frente al peso. El Banco de la República ha señalado que la apreciación de este año ha sido más pronunciada que en otras monedas comparables y que ayuda a contener las presiones inflacionarias.
Eso importa especialmente hoy, la inflación anual fue de 6,03% en julio, todavía muy por encima de la meta del 3%. En este contexto, un peso más fuerte funciona como una barrera contra parte de la inflación importada. Colombia compra en el exterior maquinaria, equipos médicos, medicamentos, vehículos, repuestos, fertilizantes, materias primas, tecnología y numerosos bienes de consumo. Cuando se necesitan menos pesos para comprar un dólar, muchos de esos productos e insumos cuestan menos.
No significa que todos los precios bajen inmediatamente ni en la misma proporción: existen contratos, inventarios, márgenes, impuestos y otros costos internos de por medio. Pero la dirección económica es clara. Una apreciación cambiaria reduce el costo en pesos de los bienes importados y ayuda a moderar las presiones sobre los bienes transables.
También hay un beneficio menos visible: invertir se abarata. Una empresa colombiana que quiera modernizar una planta, comprar servidores, importar maquinaria o renovar equipos tiene mayor capacidad de compra internacional con un peso fuerte. Para un país que necesita elevar su productividad, esta no es una ventaja menor.

Entonces aparece el argumento habitual: «pero estamos destruyendo las exportaciones»
Conviene ponerlo en perspectiva, Colombia exporta, por supuesto, y debemos multiplicar nuestra capacidad exportadora. Pero no somos una economía cuyo modelo productivo dependa principalmente de venderle al mundo: las exportaciones de bienes y servicios rondan apenas el 16% del PIB, muy por debajo del promedio mundial. México exporta cerca del 37% de su PIB, y Chile, Ecuador y Perú también superan ampliamente nuestra proporción. Colombia figura entre las economías más cerradas al comercio de la región.
La estructura de nuestras ventas externas confirma el problema. En junio de 2026, el 42,6% de las exportaciones colombianas todavía correspondió a combustibles y productos de industrias extractivas; las manufacturas apenas llegaron al 21,5%. Seguimos dependiendo demasiado de petróleo, carbón, café, oro y otros productos básicos. Lo preocupante es que, después de décadas, no hayamos construido una plataforma exportadora mucho más amplia.
Y aquí aparece la prueba más incómoda para quienes sostienen que Colombia necesita permanentemente un dólar costoso para exportar: ya lo tuvimos. En 2022 el peso sufrió una fuerte depreciación y el dólar llegó a rozar los $5.000. Las exportaciones de bienes alcanzaron ese año US$57.115 millones, pero los combustibles y las industrias extractivas concentraron el 61,4% del total —una dependencia incluso mayor que la actual—, impulsados también por precios internacionales favorables.
Un dólar caro durante años no resolvió nuestros puertos, carreteras, costos logísticos, trámites, inseguridad jurídica, baja productividad ni las dificultades para insertar empresas colombianas en cadenas globales de valor. Tampoco produjo una transformación estructural de nuestra canasta exportadora.
Ese es el punto central: la competitividad no puede consistir en empobrecer nuestra moneda. Un país no debería aspirar a que sus trabajadores tengan menor poder adquisitivo internacional para que algunas empresas puedan competir.
La verdadera competitividad se construye con productividad, infraestructura, energía confiable, educación, tecnología, crédito, menos burocracia, seguridad jurídica y empresas capaces de producir bienes y servicios que el mundo quiera comprar.
Naturalmente, existen perdedores con la apreciación. Los cafeteros reciben menos pesos por cada dólar exportado: el gerente de la Federación Nacional de Cafeteros advirtió esta semana que los caficultores están perdiendo cerca de 700.000 pesos por cada carga de 125 kilos a causa del fortalecimiento de la moneda. Otros exportadores —flores, banano, palma, azúcar, aguacate— ven reducirse sus márgenes, y las familias receptoras de remesas reciben menos pesos. Estos sectores merecen atención, cobertura cambiaria y apoyo a su productividad; negarlo sería irresponsable.
Pero tampoco es responsable analizar el dólar únicamente desde su perspectiva. Hay millones de colombianos que no exportan café, petróleo ni flores: hogares que compran productos con componentes importados, empresas que necesitan maquinaria, estudiantes que pagan servicios internacionales, agricultores que usan insumos externos y consumidores cuyo salario en pesos recupera capacidad de compra frente al mundo.
Durante años escuchamos que el dólar a $4.000, $4.500 o casi $5.000 era el precio quehabía que soportar porque favorecía las exportaciones. Vale preguntar ahora: ¿dónde está la transformación exportadora que supuestamente debía producir? No ocurrió.
Colombia debe convertirse en un gran país exportador, pero no a punta de devaluaciones, sino porque produce mejor, con más tecnología, productividad y valor agregado. Por eso un peso fuerte no debería recibirse como una tragedia nacional. En una economía todavía poco exportadora, dependiente de bienes, insumos y tecnología importados, y con una inflación que sigue por encima de la meta, la fortaleza de nuestra moneda también tiene enormes ventajas.
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