Hay una pregunta que deberíamos hacernos cada vez que hablamos de movilidad: ¿queremos una ciudadanía que cumpla las normas porque tiene miedo a una multa o porque entiende que cumplirlas protege la vida?
La diferencia parece pequeña, pero en realidad es enorme.
Bogotá tiene una realidad que nos obliga a pensar más allá del comparendo. En 2025, la ciudad registró preliminarmente 552 personas fallecidas en siniestros viales, 22 menos que en 2024. Es un avance, pero sigue significando que cientos de familias perdieron a alguien en nuestras calles.
Y hay otro dato que debería llamar nuestra atención: en los corredores donde se combinaron infraestructura, control y comunicaciones, la ciudad reportó una reducción promedio del 24,9 % en las muertes por siniestros viales y del 25 % en personas lesionadas entre enero y octubre de 2025.
Esto nos deja una lección: los problemas complejos no se solucionan con una sola herramienta. La multa tiene una función. El control tiene una función. La tecnología tiene una función. Pero ninguna de ellas reemplaza la educación.
Richard Thaler y Cass Sunstein, en su libro Nudge, explican cómo las decisiones humanas pueden orientarse mediante el diseño de los entornos en los que tomamos esas decisiones. En otras palabras, si queremos que las personas actúen mejor, no basta con decirles qué está prohibido: debemos construir condiciones que faciliten el comportamiento correcto.
Eso también aplica a nuestras calles.
Si queremos que un conductor reduzca la velocidad, debemos combinar señalización clara, infraestructura, controles y educación. Si queremos que un motociclista respete las normas, debemos explicarle los riesgos y generar condiciones para que hacerlo sea la decisión más natural. Si queremos que el peatón cruce correctamente, debemos diseñar espacios seguros y acompañarlos de pedagogía.
Antes de sancionar, debemos enseñar. Antes de castigar, debemos prevenir.
Pero decir esto no significa defender la impunidad. Todo lo contrario.
Las normas existen porque necesitamos reglas comunes. Quien las incumple de manera consciente debe asumir las consecuencias. El problema aparece cuando confundimos hacer cumplir la norma con construir cultura ciudadana.
Una sociedad no puede depender eternamente del policía que vigila, de la cámara que detecta o de la multa que amenaza.
El verdadero éxito de una política pública sería que una persona respete el semáforo incluso cuando sabe que nadie la está mirando.
Ahí comienza la cultura ciudadana.
Los datos también nos muestran que debemos ser mucho más inteligentes en la manera de intervenir. A comienzos de 2026, por ejemplo, Bogotá reportó que los motociclistas representaban el 44 % de las víctimas fatales, los peatones el 38 % y los ciclistas el 15 %.
Por eso, una política seria de movilidad debe preguntarse quiénes están muriendo, dónde, cuándo y por qué.
La política pública del siglo XXI no puede construirse solamente desde la intuición. Debe construirse con datos.
Pero los datos deben servir para algo más que llenar informes. Deben ayudarnos a decidir dónde educar, dónde intervenir, dónde controlar y dónde transformar la infraestructura.
La discusión, entonces, no debería ser educación o sanción.
Debe ser educación más prevención más infraestructura más tecnología más control. Porque una multa puede modificar una conducta durante un momento. La educación puede modificarla para toda la vida.
Y ahí está el verdadero desafío de nuestras ciudades: no construir ciudadanos que conduzcan correctamente porque tienen miedo de ser multados, sino ciudadanos que lo hagan porque entienden que en la vía no están solos. La calle es un espacio compartido.
Cada semáforo, cada cruce, cada motocicleta, cada automóvil y cada peatón representan una decisión.
Y detrás de cada decisión hay algo mucho más importante que un comparendo: hay una vida. Por eso, si queremos transformar realmente nuestra movilidad, debemos cambiar también la pregunta.
No preguntarnos solamente:
“¿Cuánto vamos a multar?”
Sino:
“¿Qué podemos hacer para que mañana haya menos personas que debamos multar?” Porque una ciudad no demuestra que tiene buena cultura ciudadana cuando impone más sanciones.
La demuestra cuando cada vez necesita menos sanciones para que las personas hagan lo correcto.
Por: Óscar Sánchez León – @OscarSanchez10_
