A la sombra de abril

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Hubo alguna vez un movimiento social liderado por un caudillo populista de ideas progresistas, con buena aceptación en sectores letrados de la clase media urbana de las ciudades más grandes del país y en especial en la comunidad universitaria; cuyo proyecto político se construyó alrededor de una narrativa sobre un presunto fraude en unas elecciones presidenciales. No es 2026. Fue en 1970.

Suena a un libreto obsoleto de un remake cinematográfico. Las similitudes, sin embargo, no son en absoluto inocentes o ingenuas. Peor aún: parece la antesala de la reedición de una vieja historia ya conocida por todos los colombianos: el nacimiento y operación del movimiento guerrillero M-19.

La historia cuenta que esa guerrilla urbana -que tenía mucho de carisma y creatividad- era pura revolución setentera y fiesta popular. Atraía a jóvenes de las universidades que buscaban rebelarse contra un statu quo excluyente, asfixiante y poco diverso políticamente. Y cuentan también que nació como respuesta al presunto fraude en las elecciones presidenciales de 1970 en las que se impuso por un estrechísimo margen -cerca de solo 60.000 votos- Misael Pastrana Borrero frente a Gustavo Rojas Pinilla, en un inédito duelo por la Presidencia de dos figuras antagónicas en plena época del Frente Nacional.

Misael Pastrana -que representaba al “establecimiento”- terminó compitiendo en un voto finish con el outsider de izquierda que, a su vez, había logrado su inscripción contra todo pronóstico en unas elecciones que correspondían al directorio conservador, en el que completaron el partidor Belisario Betancur y Evaristo Sourdis.

Se supone que conforme el Pacto de Benidorm de 1956 y el Pacto de Sitges de 1957 -que sentaron las bases del Frente Nacional-, la Presidencia por el período 1970-1974 debía ser ocupada por el Partido Conservador según quién de los contendientes de ese partido se impusiera en las urnas. Pero ese establecimiento no contaba con que en la disputa presidencial estuviera el exdictador Rojas Pinilla, que había llegado al poder en 1953 a través de un golpe de estado a Laureano Gómez y solo lo entregó en 1957 a una Junta Militar que, a su turno, dio paso al gobierno civil de Alberto Lleras Camargo (1958-1962), el primero del Frente Nacional.

Ese General de ideas de izquierda (exgolpista, exdictador y expresidente) se organizó políticamente en un partido lejos del bipartidismo reinante y aglutinó los liberales más radicales, los inconformes, los excluidos y hasta los conservadores más moderados y disidentes. A todos ellos los reunió bajo la Alianza Nacional Popular (ANAPO), partido con el que le compitió en 1970 a Misael, el padre de Andrés Pastrana (1998-2002).

Lo que pasó el día de las elecciones sigue siendo un misterio. La historia oficial cuenta que nunca fueron invalidadas las elecciones y el 15 de junio de 1970 la autoridad electoral de la época convalidó a Pastrana como el vencedor. Sin embargo, las acusaciones persistentes sobre la adulteración de los resultados (sobre todo en departamentos como Nariño, Cauca o Cesar) y la opacidad en la transmisión y publicación de los escrutinios, sumado a la censura de la prensa y el estado de sitio declarado por el gobierno de la época; acentuaron las protestas.

Después vino una historia conocida: los simpatizantes de la ANAPO en 1973 se alzaron en armas en contra del régimen constitucional y legal de la República y fundaron la guerrilla urbana denominada “Movimiento 19 de abril” en la obvia referencia al episodio de ese confuso y controvertido domingo electoral.

Luego tuvieron ocurrencia otros episodios más que presentes en la retina de la sociedad colombiana: el robo de la espada de Bolívar, la toma de la Embajada de la República Dominicana, el robo de armas al Ejército en el Cantón Norte, secuestros, masacres, asesinatos selectivos, atentados, bombas y -cómo no- la toma del Palacio de Justicia en 1985.

A pesar de que se ha romantizado e idealizado la historia y las acciones del M-19, lo cierto es que, como todo grupo insurgente, dejó una estela de sangre, caos, miedo, violencia y muerte. Su desmovilización se dio después de 1989 con un acuerdo de paz y comenzó una nueva historia a través del partido político Alianza Democrática M-19, que incluso participó con varios escaños en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Posteriormente sus miembros -los vivos- se fueron dispersando en varios partidos y movimientos de distintas partes del espectro político. Incluso, llegando a partidos de derecha.

La historia del M-19 no es una anécdota más ni es un asunto menor. El presidente de la República ha ensalzado y reivindicado en público esta guerrilla de forma explícita y a través de un marcado simbolismo: basta con recordar que la banda presidencial le fue impuesta por la hija del desaparecido Carlos Pizarro Leongómez (comandante histórico del M-19) y el primer acto oficial de gobierno fue precisamente exponer el día de la posesión presidencial la urna con la espada de Bolívar, la misma que se robó el grupo insurgente en 1974 alegando que “vuelve a la lucha”.

También es frecuente ver en sus manifestaciones públicas banderas alusivas a aquel movimiento y se ha declarado el presidente un orgulloso miembro de esa insurgencia a pesar de nunca haber ocupado un papel aparentemente representativo e importante en la misma. Incluso, mediante el Decreto 500 de 2024 declaró el 19 de abril como el primer día cívico “de la paz con la naturaleza”, a partir de lo cual sería el día de la “rebeldía” el tercer viernes de cada abril.

Suenan, entonces, las alarmas de la democracia cuando desde la misma Casa de Nariño el presidente insiste afanosamente en reclamar un fraude en cada elección de alcance nacional bajo su mandato, salvo -claro está- en aquellas en las que resultó favorecido él o su grupo político.

¿Qué busca el presidente, embelesado con la idea romántica de la fundación del M-19 y la alegación anticipadamente persistente de un fraude en las elecciones presidenciales del próximo 21 de junio? ¿Qué narrativa quiere aprovechar en el evento en que el favor del electorado no le sea ventajoso? ¿Qué sigue en el libreto de una historia que ya es conocida?

No pasará mucho tiempo entre el momento en el que un resultado electoral pueda no ser del agrado del presidente y la coalición que lo acompaña, y se geste en las calles un movimiento que querrá emanciparse de las leyes que juraron cumplir y el Estado de Derecho que se comprometieron a proteger. Hay que estar alerta.

Las forzadas coincidencias con la historia deben despertar la prevención de los demócratas y el interés hasta del más apático ciudadano. La democracia primero se pierde en la narrativa y luego va desapareciendo lentamente de las esquinas. Se va apagando desde dentro y lejos de los reflectores. Se va volviendo invisible, hasta que es demasiado tarde.

En 1970 las alegaciones del fraude tomaron fuerza con posterioridad a los hechos del 19 de abril y se instaló en el imaginario colectivo la narrativa de su ocurrencia. En 2026 (tras más de medio siglo de avances en tecnología, democracia, control, institucionalidad, prensa libre, ciudadanía, transparencia y vigilancia internacional) no parece estar tan claro por qué alguien que conoce tan bien esta historia se empeña en alegar un fraude tan insistentemente desde antes del día de las elecciones, muy a pesar del abrumador cúmulo de pruebas en contra de ello.

No es tan evidente, claro está, salvo que el objetivo sea otro: la excusa perfecta para iniciar una nueva aventura antidemocrática, 50 años más.

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