Colombia eligió un presidente costeño. Y eso, aunque parezca un dato biográfico menor, cambiará cosas que los colombianos aún no terminan de imaginar.
Durante más de doscientos años, el poder en este país tuvo una sola dirección: Bogotá. No porque la Constitución lo ordenara expresamente, sino porque allí vivían quienes decidían. El centralismo colombiano nunca fue solo administrativo. Fue, sobre todo, cultural y geográfico. Los ministerios, las cortes, las grandes familias políticas y los principales centros de decisión empresarial convergían en una sola ciudad, a 2.600 metros de altura, fría, distante del mar y distante del resto del país.
Durante décadas, esa geografía del poder produjo un ritual que los alcaldes y gobernadores de Colombia conocen bien: el viaje a Bogotá. Cada semana, mandatarios locales de todo el país tomaban un avión los martes para reunirse con congresistas, ministros y funcionarios de las entidades del Estado. No era un viaje de cortesía. Era una peregrinación obligatoria. Una fila institucionalizada. Quien no aparecía en los pasillos del Congreso o en las antesalas de los ministerios, sencillamente no existía. Los recursos, los contratos, las obras y las decisiones de inversión tenían una sola ventanilla, y esa ventanilla estaba en Bogotá.
El resultado, visto desde las regiones, era humillante. Alcaldes y gobernadores llegaban a la capital con carpetas bajo el brazo y agendas llenas de solicitudes, esperando turno para hablar con funcionarios que muchas veces los recibían con prisa o no los recibían del todo. El centralismo no era solo una política pública. Era una relación de poder. Y en esa relación, las regiones siempre ocuparon el lugar del que pide.
Abelardo De La Espriella llega a la Casa de Nariño con una historia distinta, y con una convicción que sostuvo durante toda su trayectoria pública: Colombia no puede seguir siendo un país que se gobierna desde un solo punto del mapa.
Aunque nació en Montería, Barranquilla fue la ciudad que lo formó como figura pública. Allí construyó su red de relaciones empresariales y políticas. Allí tiene su base de operaciones. Allí está la cava donde, durante años y lejos de los reflectores, compartió con algunos de los personajes más influyentes del país. Barranquilla no es para De La Espriella una ciudad de paso ni un lugar de veraneo. Es su territorio. Es el lugar donde se siente en casa. Y los presidentes, inevitablemente, gobiernan desde donde se sienten en casa.
Lo que hace particularmente significativo este momento es que Barranquilla no empieza a ser capital política con la posesión de De La Espriella. Ya lo fue durante la campaña.
La mayoría de las alianzas estratégicas, los acuerdos políticos decisivos y las conversaciones que terminaron construyendo la coalición ganadora no ocurrieron en Bogotá. Ocurrieron en Barranquilla. Alcaldes, gobernadores, líderes regionales y operadores políticos de todo el país entendieron durante la campaña que si querían estar cerca del candidato, tenían que ir al Caribe. Esa dinámica no desaparecerá con la victoria. Al contrario: se consolidará con el poder.
Cuando Donald Trump llegó a la presidencia de los Estados Unidos, Palm Beach dejó de ser un balneario de élite para convertirse en una segunda Casa Blanca. Mar-a-Lago no apareció en ningún decreto oficial ni en ningún organigrama del gobierno federal, pero ministros, empresarios, líderes extranjeros y operadores políticos entendieron rápidamente que allí era donde ocurrían las conversaciones que importaban. El poder no se instaló donde decía el protocolo. Se instaló donde estaba el presidente.
Algo equivalente puede ocurrir con Barranquilla bajo el gobierno de De La Espriella. No como sede alterna del Estado, sino como epicentro informal del poder real. El lugar al que llegarán quienes quieran ser escuchados. El escenario de las reuniones reservadas, de los acuerdos que no tienen acta ni comunicado de prensa. Si durante la campaña los aliados viajaban a Barranquilla para hablar con el candidato, durante el gobierno viajarán a Barranquilla para hablar con el presidente. La lógica es la misma. Solo cambia el título.
Esto tiene implicaciones profundas para la manera en que Colombia se relaciona con su propio poder.
El ritual del peregrinaje semanal a Bogotá podría empezar a transformarse. Si el presidente De La Espriella viaja con regularidad a Barranquilla, como todo indica que ocurrirá, y si las conversaciones importantes comienzan a suceder allá, los alcaldes y gobernadores que construyeron una relación política con él durante la campaña no tendrán que mendigar audiencia en los pasillos de un ministerio bogotano. El acceso al poder cambia de coordenadas. Y con él, cambia también la dignidad con la que las regiones pueden relacionarse con el gobierno nacional.
No es un cambio menor. Es, potencialmente, uno de los gestos más simbólicos y prácticos de descentralización que haya experimentado Colombia en su historia reciente.
Pero Barranquilla no será la única ciudad que sienta ese desplazamiento.
Antioquia jugó un papel decisivo en el triunfo electoral de De La Espriella. El departamento fue territorio clave en la construcción de su mayoría, y esa deuda política no se salda con palabras. En los nombramientos, en las decisiones de inversión y en la frecuencia de las visitas presidenciales, Antioquia tendrá un lugar que difícilmente ha tenido en gobiernos anteriores. Medellín, su capital, podría consolidarse como la tercera ciudad del nuevo mapa político colombiano. No por decreto, sino por la geometría natural del poder: los aliados estratégicos merecen atención estratégica.
Lo que está ocurriendo, visto en conjunto, es un fenómeno que Colombia no había experimentado con esta claridad: la ampliación real del espectro de las capitales políticas del país. Bogotá seguirá siendo la sede formal del Estado. Los ministerios, las cortes y la burocracia permanecerán allí. Pero el poder blando, ese poder que se mueve en conversaciones privadas, en agendas no oficiales y en relaciones de confianza construidas con el tiempo, comenzará a distribuirse en una geografía más amplia y más representativa de lo que Colombia realmente es.
Es, en el fondo, lo que De La Espriella siempre dijo que quería hacer.
La diferencia es que ahora tiene con qué hacerlo. Y, por primera vez en la historia reciente del país, una parte importante de ese poder tendrá vista al mar.
