Cuando un presidente deja de hablarle a un rival y empieza a hablarle a la historia

Cuando un presidente deja de hablarle a un rival y empieza a hablarle a la historia

Hay momentos en política donde una frase vale más que un programa de gobierno.

Cuando Luiz Inácio Lula da Silva afirmó que «puede venir cualquier Trump» y que no permitirá que la extrema derecha vuelva a gobernar Brasil, muchos interpretaron la declaración como una respuesta emocional.

Como estratega político, creo exactamente lo contrario.
Fue una decisión calculada.
Y probablemente una de las mejores piezas de comunicación de su campaña.

La visita de Javier Milei para respaldar la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro no era solamente un apoyo internacional. Era un intento por construir una imagen mucho más poderosa: la de una internacional conservadora, donde líderes como Donald Trump, Javier Milei y la familia Bolsonaro aparecen como parte de una misma causa política.

Pero Lula decidió no responderles uno por uno.
Los convirtió en un solo adversario.
Y ahí está el primer movimiento estratégico

La construcción del enemigo

Toda campaña necesita simplificar el conflicto.

No porque el electorado sea incapaz de comprender la complejidad, sino porque el cerebro procesa mejor los relatos que los argumentos.

Lula entiende que discutir con Milei lo reduce a un conflicto bilateral.

Discutir con Trump eleva la conversación.

Y hablar de «la extrema derecha» convierte varios nombres en un solo símbolo.

En comunicación política eso se conoce como construir un antagonista colectivo.

Ya no son Milei, Trump, Flávio Bolsonaro o Jair Bolsonaro.

Es un mismo proyecto político.

Y cuando el adversario se convierte en un símbolo, la campaña deja de girar alrededor de
personas para girar alrededor de valores.

El verdadero mensaje no era para la derecha

Era para el centro.

Muchos creen que Lula intentaba convencer a los votantes bolsonaristas.

Eso casi nunca ocurre.

Las campañas competitivas no buscan convertir al votante más radical del adversario.

Buscan evitar que el votante moderado cambie de bando.

Cuando Lula dice que no permitirá que la extrema derecha gobierne Brasil, está invitando al centro político a decidir entre dos modelos de país.

No entre dos candidatos.

Ese cambio semántico es enorme.

Porque las personas suelen rechazar menos a un político que a una amenaza.

Milei también estaba comunicando algo

Su presencia en Brasil tampoco buscaba únicamente sumar votos para Flávio Bolsonaro.

Buscaba legitimar una narrativa internacional.

La fotografía pretendía decir que la derecha latinoamericana ya no actúa de forma aislada.

Que existe una comunidad política con referentes compartidos, causas comunes y un mismo lenguaje simbólico.

No es casualidad.

Trump respalda a Bolsonaro.

Milei respalda a Bolsonaro.

El mensaje intenta proyectar que existe una corriente histórica en marcha.

La respuesta de Lula cambia completamente el tablero

En lugar de discutir la visita de Milei, Lula introduce una palabra mucho más poderosa: Soberanía.

Hace semanas ya había advertido a Donald Trump que no interfiriera en las elecciones brasileñas, insistiendo en que la decisión corresponde exclusivamente al pueblo de Brasil.

Con ello desplaza el debate desde la ideología hacia la defensa nacional.

Y eso modifica el marco emocional.

Ya no se trata únicamente de izquierda contra derecha.

Ahora puede presentarse como Brasil frente a la injerencia extranjera.

El lenguaje no verbal también habló

Milei apareció como un actor de campaña.

Lula habló como jefe de Estado.

La diferencia parece sutil, pero en política visual es enorme.

Uno comparte escenario con un candidato.

El otro se ubica por encima de la contienda y habla en nombre del país.

Las imágenes construyen jerarquías.

Y las jerarquías construyen liderazgo.

La batalla real no ocurre en las urnas

Ocurre en la mente del elector.

Las campañas modernas ya no consisten únicamente en persuadir.

Consisten en instalar el marco desde el cual la ciudadanía interpretará la realidad.

Milei intenta instalar la idea de una gran alianza continental contra el socialismo.

Lula responde instalando la idea de que Brasil debe defender su democracia y su soberanía frente a presiones externas.

Son dos relatos distintos compitiendo por dominar la conversación pública.

Y en estrategia política existe una regla que rara vez falla:

No gana primero quien tiene más argumentos. Gana quien consigue que la opinión pública empiece a pensar utilizando su lenguaje.

Eso es lo que realmente está en juego en Brasil.

No solo una elección presidencial.

Sino la capacidad de definir el relato que dominará la política latinoamericana durante los próximos años.

Por: Juan Nicolás Pérez Torres – @nicolas_perez09

Del mismo autor: El disfraz de centro: la verdad detrás de Oviedo

Salir de la versión móvil