Deluque, Barguil y el jaque silencioso a un Centro Democrático sin salida

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El primer pulso político del gobierno que se posesiona el 7 de agosto no se libró en la Casa de Nariño ni en un consejo de ministros, sino en los pasillos del Congreso. Alfredo Deluque, del Partido de la U, fue confirmado como presidente del Senado, y Nicolás Barguil, del Partido Conservador, como presidente de la Cámara de Representantes, ambos con el respaldo explícito del círculo del presidente electo Abelardo de la Espriella y por encima de los candidatos que promovía el Centro Democrático. Leer esto solo como un reparto de curules sería quedarse en la superficie. Lo de fondo es otra cosa: la confirmación pública de que los puentes entre el uribismo y el gobierno entrante están rotos, y de que esa ruptura, lejos de debilitar a De la Espriella, lo está fortaleciendo.

Conviene decirlo sin eufemismos, porque ya no hay manera de disimularlo: entre el Centro Democrático, Álvaro Uribe, su entorno familiar y el círculo de Abelardo de la Espriella no hay hoy ninguna conexión real. Es una rivalidad que las heridas de la campaña dejaron demasiado profunda para cerrar con un par de fotos protocolarias. Ahí están, como evidencia, los cruces públicos entre Uribe y Carlos Suárez, el estratega de De la Espriella, en los que el expresidente llegó a llamarlo «bandido» y «cobarde solapado» y Suárez respondió acusando al uribismo de liderar una «gavilla» contra su candidato. Ahí está también la salida de María Fernanda Cabal del partido que ayudó a fundar, y su acercamiento posterior al proyecto de De la Espriella. Y ahí está la expulsión de Miguel Uribe Londoño de la contienda electoral por, según se conoció, comprometer apoyo al hoy presidente electo. Ninguno de estos episodios fue un malentendido pasajero; todos apuntan en la misma dirección.

Lo interesante, y lo que probablemente explique el resultado en las mesas directivas, es que De la Espriella parece estar jugando esta partida varios movimientos por delante. Su cálculo es tan simple como efectivo: el Centro Democrático no puede darse el lujo de hacerle oposición abierta a un gobierno de derecha que acaba de derrotar al petrismo, porque esa incoherencia se la cobraría de inmediato la opinión pública que los llevó a las urnas. Y si en cambio decidieran buscar puentes con la izquierda o con lo que queda del petrismo, quedarían completamente desdibujados ante su propia base electoral. Es un partido, en otras palabras, sin ninguna jugada disponible que no termine beneficiando al gobierno. Esa asimetría le da a De la Espriella un margen de maniobra que pocos presidentes entrantes tienen en su primer mes: puede construir una coalición basada en la lógica y la coherencia legislativa, Conservador, Liberal, Partido de la U y Cambio Radical, sin necesidad de comprarle al uribismo un protagonismo que su propio comportamiento en campaña ya le costó.

El costo de esa estrategia lo está pagando el Centro Democrático puertas adentro. El caso de Cabal, que decidió salir antes de que la pelea por las mesas directivas se hiciera pública, no es un hecho aislado sino una señal de un fenómeno más amplio: la sensación, cada vez más extendida entre algunos militantes, de que el futuro político, y el acceso a cargos en el nuevo gobierno, está del lado de De la Espriella y no del partido que hasta hace poco lideraba la oposición a Petro. En la política colombiana reciente, lo que un dirigente votó o respaldó en el pasado ha dejado de ser un lastre decisivo para la opinión pública; lo que cuenta es dónde se está parado hoy. Esa lógica, incómoda para cualquier colectividad con historia, es la que está tensionando por dentro al Centro Democrático entre quienes prefieren resistir con el partido y quienes calculan que conviene más buscar un lugar en la nueva coalición de gobierno.

El resultado, hasta ahora, deja a un Centro Democrático con la bancada más numerosa del bloque de gobierno pero sin ninguna de las dos presidencias del Congreso, prácticamente atado a acompañar a un gobierno del que no controla la agenda ni las mesas directivas, sencillamente porque no tiene ninguna alternativa política creíble. Y esto no se va a quedar en el Senado y la Cámara: la misma correlación de fuerzas, Conservador, Liberal, la U y Cambio Radical con más peso que el uribismo dentro del proyecto de De la Espriella, es la que previsiblemente definirá las direcciones administrativas del Congreso, y más adelante la elección de Contralor General y de Defensor del Pueblo. Todo, de aquí en adelante, dependerá de cómo se acomode esa relación entre el Ejecutivo y un Congreso donde el aliado más grande es, paradójicamente, el que menos margen de negociación tiene.

Que un gobierno recién electo logre, antes incluso de posesionarse, neutralizar a su aliado natural más numeroso y aun así ampliar su base de apoyo legislativo, dice más sobre el cálculo político de Abelardo de la Espriella que cualquier discurso de posesión. Es una jugada audaz, no exenta de riesgos si el malestar del uribismo termina traduciéndose en obstrucción legislativa más adelante. Pero, por ahora, la partida la está ganando el ajedrecista

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