En un pronunciamiento que ha generado un profundo rechazo en diversos sectores políticos, las estructuras disidentes que operan en el suroeste del país han emitido un comunicado donde atribuyen la responsabilidad de la reciente ola de atentados terroristas a las decisiones administrativas del Gobierno Nacional. El grupo insurgente sostiene que el fin del cese al fuego bilateral y la intensificación de las operaciones militares han «forzado» una respuesta armada en los territorios bajo su control.
La situación de orden público en departamentos como Cauca y Valle del Cauca ha alcanzado niveles críticos tras la suspensión de los acuerdos de tregua que se mantenían vigentes meses atrás. Según el grupo armado, la administración de Gustavo Petro habría incumplido con las garantías de seguridad para las comunidades rurales, lo que, a su juicio, dinamitó la confianza en las mesas de negociación.
¿Qué sigue para la Paz Total tras las acusaciones de las disidencias contra el Gobierno?
Expertos en seguridad nacional señalan que este tipo de comunicados forman parte de una estrategia de guerra política, buscando trasladar la presión social hacia el Palacio de Nariño. Mientras las disidencias argumentan que su accionar es una «consecuencia directa» de la ofensiva oficial, los datos de inteligencia militar sugieren que los ataques responden a un intento desesperado por frenar la recuperación del control territorial por parte de la Fuerza Pública.

A pesar de la retórica política de los grupos armados, la realidad en el terreno muestra un panorama desolador para los habitantes de las zonas de conflicto. Los atentados con artefactos explosivos y las incursiones en cascos urbanos han dejado un saldo de infraestructuras dañadas y múltiples desplazamientos forzados.
Desde el Ministerio de Defensa se ha respondido con contundencia, calificando de «cínicas» las declaraciones de las disidencias. La cartera de seguridad enfatiza que la protección de la soberanía y la vida de los colombianos no es negociable, y que los ataques terroristas son crímenes de guerra que no pueden justificarse bajo ningún incumplimiento de acuerdos previos.
La política de «Paz Total» enfrenta uno de sus momentos más determinantes. Por un lado, el Gobierno mantiene la puerta abierta al diálogo con ciertos sectores, pero por otro, ha ordenado una ofensiva total contra las estructuras que persisten en el uso de la violencia. Esta dualidad ha sido blanco de críticas tanto de la oposición, que exige mano dura, como de los mismos grupos insurgentes, que acusan al Ejecutivo de tener un discurso «contradictorio».
Culpan al Estado por reactivar los combates y suspender el cese al fuego. El Estado reafirma su deber de combatir cualquier estructura criminal que afecte a la ciudadanía. El Cauca sigue siendo el epicentro de las hostilidades, afectando gravemente la economía local. Organismos de derechos humanos piden que se respete el Derecho Internacional Humanitario, independientemente del estado de las negociaciones.
La pregunta que hoy se hacen analistas y ciudadanos es si existe un camino de retorno a la mesa de concertación. Con los ataques recientes, la confianza social en el proceso parece haberse erosionado significativamente. La narrativa impuesta por las disidencias, intentando lavar su responsabilidad en actos terroristas, parece no encontrar eco en una opinión pública que exige resultados en seguridad. El Gobierno Nacional ha convocado a un consejo de seguridad extraordinario para evaluar nuevas medidas en el suroeste del país. Por ahora, la postura oficial es clara: no habrá concesiones ante el terrorismo y la Fuerza Pública continuará con la orden de neutralizar las amenazas que ponen en riesgo la estabilidad de la nación.
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