Haces el gesto de presionar un botón con el índice para sacar una foto, aunque los celulares no tienen obturador. Llevas el pulgar y el meñique a la oreja para decir «llamame», a pesar de que hace veinte años ningún teléfono tiene esa forma. Haces clic en el ícono de un disquete para guardar un archivo, cuando la mayoría de las personas que lo usan hoy nunca tuvieron un disquete en la mano.
Son gestos que le sobrevivieron a la máquina que los originó. El mecanismo desapareció, pero la costumbre quedó dando vueltas por pura inercia. Hasta que un día, sin anuncio ni fecha exacta, deja de significar algo. Un chico de diez años hoy mira esos gestos y simplemente no entiende qué estás haciendo.
En el mundo financiero hay palabras que llevan exactamente ese mismo destino. La principal de ellas es la conciliación.
Para ponerlo en simple y sin jerga: conciliar es cruzar a mano los movimientos del banco contra los registros del ERP para ver si coinciden y, cuando no, averiguar por qué. En muchas empresas es un ritual mensual que toma días o semanas. Pero no nos engañemos: conciliar no es un proceso estratégico ni previene un desastre; es simplemente posponer un error hacia el futuro. No hay visión de negocio en tomar un número de una pantalla y buscarlo en otra. Es la triste constancia de que algo quedó mal registrado en el momento en que ocurrió y que alguien va a tener que perder tiempo buscándolo después.
La conciliación existe porque los sistemas no se hablan en tiempo real. El banco vive en un portal, el ERP en otro, la autoridad fiscal en otro y Excel termina siendo el pegamento entre todos. Es el síntoma de una arquitectura rota, no un proceso que debamos optimizar. Es como ponerle un motor de última generación a un auto que tiene las ruedas cuadradas.
Lo grave es que hemos normalizado esta ineficiencia como si fuera un mal necesario e inevitable de operar un negocio. Y esa normalización tiene un costo invisible pero gigantesco: el costo del talento atrapado. Profesionales capaces, con criterio analítico y visión estratégica, dedicando días enteros a una tarea que no requiere ninguna de esas cualidades. Personas que deberían estar proyectando el flujo de caja, optimizando el capital de trabajo o negociando condiciones comerciales están reducidas a detectives de cifras entre dos pantallas.
Lo que algunos todavía no ven es que la tecnología moderna no vino a acelerar este proceso, vino a eliminarlo.
Cuando un pago sale del banco y en ese mismo instante se cruza automáticamente contra la factura que lo originó, se registra en el ERP y notifica al proveedor con el detalle completo, todo en tiempo real y sin que nadie toque una planilla, simplemente no hay nada que conciliar después. El dato nace correcto desde el origen. No se trata de una versión más rápida del mismo trabajo; es la desaparición definitiva de la tarea.
Llegará un momento en que alguien en un equipo financiero pregunte qué significaba «conciliar», de la misma forma que hoy un chico pregunta por qué simulas un auricular con la mano.
La respuesta va a ser exactamente la misma en ambos casos; era el fantasma de una época en la que las cosas no estaban conectadas.
Por: Matías Umaschi, CEO de Payana
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