En 2025 Colombia batió un récord que pocos esperaban: los ingresos en dólares por transferencias internacionales superaron los USD $13.000 millones, más que el café, el carbón y el petróleo, y por segundo año consecutivo por encima de la Inversión Extranjera Directa.
Ese número mezcla dos realidades distintas: por un lado, las remesas tradicionales, generalmente destinadas para ayudar a familiares a cubrir gastos como servicios, educación, salud o ahorro; y por otro, una transformación que el debate público aún no ha procesado: las transferencias internacionales que ingresan por trabajo desde el exterior. Se trata de trabajadores remotos o freelancers en diferentes ciudades de Colombia que facturan en dólares para empresas alrededor del mundo; profesionales que no exportan café ni petróleo, sino horas, talento y conocimiento. En resumen, Colombia no está recibiendo más ayuda desde el exterior; está exportando servicios al mundo.
Según el Banco Interamericano de Desarrollo, las remesas hacia América Latina crecieron un 7,2% en 2025, pero la naturaleza de ese flujo está cambiando de forma silenciosa. El informe Panorama de Transferencias Internacionales 2025 de Global66 lo ilustra con precisión: en Colombia se movilizaron USD 543 millones a través de la plataforma durante el año, un crecimiento del 214% frente a 2024, y de ese total las remesas familiares tradicionales representaron más de USD 100 millones, mientras el grueso correspondió a nómadas digitales, freelancers y profesionales que reciben pagos por servicios desde el exterior. El flujo de dólares a pesos creció un 600%, no porque más colombianos hayan emigrado, sino porque más colombianos trabajan para el mundo sin moverse de su ciudad.
El reto ahora es que el marco regulatorio y tributario acompañe esta realidad. Un profesional remoto que recibe pagos desde el exterior enfrenta hoy una estructura diseñada para una economía de otra época: altas cargas marginales, obligaciones de facturación electrónica y esquemas de seguridad social pensados para el empleo formal tradicional. El resultado más frecuente es la informalidad, no por decisión sino por ausencia de una ruta clara hacia la formalización. Aquí hay una oportunidad concreta: crear incentivos reales para que ese talento tribute y opere dentro del sistema, lo que a su vez amplía la base gravable y fortalece la economía digital del país.
Colombia no parte de cero. Los pagos internacionales por trabajo remoto y servicios digitales equivalen hoy al 2,8% del PIB, cuando hace apenas una década representaban el 1,1%. Es una transformación estructural que ya está ocurriendo, con o sin política pública. Países como Portugal y Estonia lo entendieron temprano y crearon regímenes específicos para atraer y retener talento digital: reglas claras, cargas competitivas y procesos simples. Colombia tiene los flujos, el talento y el momento para hacer algo equivalente.
Quienes operamos en el ecosistema financiero digital tenemos la responsabilidad de acompañar esa transición con datos, con infraestructura y con propuestas concretas. La exportación de servicios digitales ya es una realidad económica de primer orden. La pregunta no es si el sistema debe evolucionar para reconocerla, sino cuánto talento seguirá operando en los márgenes mientras esa evolución llega.
Por: Daniel Londoño Tapia, Country Manager Global66 Colombia
