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El precio de un error

¿Me dan permiso?
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Abandonamos el campo o mejor dicho siempre y más ahora hemos subestimado la importancia de un sector clave para asegurar la seguridad y la soberanía alimentaria. Así frenamos la posibilidad de evitar un crecimiento tan alto en los costos de producción agropecuaria, por un lado, y aún más, en los precios de los alimentos.


Por: Cecilia López Montano

Como si gran parte de la población del país no estuviera viviendo momentos difíciles, ahora se suma la disparada de la inflación que obedece en gran parte al costo de los alimentos. Cifras recientes señalan aumentos superiores al 13% en los precios de aquellos productos que conforman la canasta de alimentos que diariamente consumen los colombianos. Si esto es grave para todos, para ese 42% de pobres y 30% de vulnerables constituye una inmensa tragedia. Una parte muy alta de sus precarios ingresos son para adquirir precisamente esos productos que hoy están por las nubes. 

Sin entrar en demasiado detalle solo basta con entender que muchos de esos productos los importamos cuando el dólar llegó a $4.000, disparando sus costos a niveles no esperados. De nuevo para ver este tema de una manera muy simple, la pregunta que cabe es si era necesario que llegáramos a estos niveles de importación de productos básicos, y de su insumos para esta producción. La reflexión que toca es encontrar una respuesta a esa pregunta crucial en este momento. 

DEL MISMO AUTOR: ¿Reactivación a todo costo?

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Esa respuesta es elemental: abandonamos el campo o mejor dicho siempre y más ahora hemos subestimado la importancia de un sector clave para asegurar la seguridad y la soberanía alimentaria. Así frenamos la posibilidad de evitar un crecimiento tan alto en los costos de producción agropecuaria, por un lado, y aún más, en los precios de los alimentos. 

Tenemos la tierra, el agua, la gente, una de las poblaciones campesinas más grandes de América Latina, pero nos olvidamos del campo. Estamos pagando un precio muy alto por defender esa concentración absurda de la tierra rural, por no hacer nada por parte de los gobiernos frente a la mala asignación de ese factor productivo, por permitir la permanencia de la brecha rural-urbana y olvidarnos de ese 30% de la población que aún vive en condiciones del siglo XVIII.

¿Por qué estamos importando maíz? por ejemplo, y muchos otros granos y alimentos que podríamos producir, inclusive café, nuestro histórico producto. Tampoco hemos resuelto el tema de los costos de los insumos para la actividad agrícola. Adicionalmente, la producción avícola y pecuaria depende de insumos comprados en mercados internacionales y nunca se hizo el gran esfuerzo de encontrar materias primas nacionales. ¿Cuánto cuesta entonces hoy el pollo o una libra de carne?

Por consiguiente, estamos pagando el precio, más los pobres y vulnerables, pero también las precarias clases medias, de haber abandonado el campo por defender unos intereses de unos pocos. Este es el precio de un error histórico que además se agravó cuando en estos años al campo colombiano se le obligó por parte del Estado a asumir el peso negativo de ser su transformación el punto uno de la Habana. Ahora este gobierno, que tanto hizo por abandonar esta producción, pasará a la historia como uno con el mayor costo de los alimentos de los últimos años. Ese es el precio de un error histórico. 

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