La causa perdida del vandalismo

Por: Steven Jones Chaljub


Si esta columna pudiera resumirse en una frase, sería algo como: El vandalismo es una completa estupidez. Claro que no es sensato soltar semejante pedrada sin dar, al menos, un par de razones sobre ello; – algo que nuestros encapuchados no suelen hacer.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua española concibe al ‘vandalismo’ como un espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna. Esta definición, aunque sea ‘oficial’, nos dice muy poco pues no es posible inferir qué debe ser respetado, y mucho menos, cuándo, cómo o las razones para ello. Y es que, así como está presentado, es imposible diferenciar entre el ‘vandalismo’ y otros fenómenos que involucran a la población civil, tales como el terrorismo o el sabotaje.

Lo primero que debe decirse es que la destrucción, desde la psicología criminal, no es vista como un gesto salvaje de la humanidad, sino como una predisposición natural de la especie que nos inclina hacia comportamientos que favorecen la muerte, la dominación y la regeneración interna y externa. Y lo segundo, ya desde la teoría de la violencia, es que la destrucción sistemática es una táctica que puede ser justificable y útil, sobre todo para quienes impulsan una causa ideológica estando en desventaja de poder.

El ‘vandalismo’, como lo conocemos en Colombia, es sin duda, un medio de expresión empleado por la ciudadanía; sin embargo, en vez de cumplir con algún propósito como se indica, pareciese ser más una válvula de escape de las frustraciones individuales y sociales. No se debe menospreciar que los actos destructivos tienen la facultad de generar la adrenalina suficiente para producir un sentimiento de placer extrañamente liberador el cual es, en sí mismo, adictivo (ir a columna). Miremos el caso de las últimas manifestaciones estudiantiles.
Las marchas estudiantiles, aunque mayoritariamente pacíficas, contaron con diferentes focos de ‘vandalismo’ dirigidos a infraestructura de transporte público, establecimientos privados y planteles educativos. Esto es tanto paradójico como insensato. La causa del estudiante, al igual que muchas otras, necesita la masa crítica del apoyo de la población para influenciar satisfactoriamente al Gobierno. Atentar contra la ciudadanía, así como contra aquello que se defiende (aulas y libre desarrollo de las clases), deslegitima a quien hace las exigencias, generando obstáculos innecesarios y respuestas en contra vía por parte del Estado. La razón es que éste último se ve obligado a escoger entre los intereses particulares de los manifestantes y aquellos de la comunidad afectada, lo cual implica realizar una valoración subjetiva para diferenciar entre el ejercicio de un derecho y un acto de libertinaje.

Esta misma lógica aplica para aquellos actos que deliberadamente buscan generar caos. El caos es una forma de chantaje que el Estado no siempre está dispuesto a aceptar o negociar, y que raramente afecta a quien toma directamente las decisiones. En la realidad nacional, la diligencia del Presidente Duque para atender la deuda histórica con los estudiantes fue un gran triunfo, pero es iluso pensar que ello fue resultado de gestos absurdos como paralizar las ciudades o tomarse el Ministerio del Interior con encapuchados ‘pacifistas’. Más bien, se le puede adjudicar a un cumplimiento de la agenda programática y la evidente necesidad de comenzar con su administración, la cual estaba siendo criticada y entorpecida en sobre medida, considerando el poco tiempo de funcionamiento. Es muy raro que esta puerta se vuelva abrir en las mismas circunstancias en el futuro próximo.

En cuanto a la represión, la clave está en entender que la Fuerza Pública colombiana es un garante de convivencia, y que se encuentra entrenada como legitimada para escalar en el empleo de la Fuerza cuando la situación de orden público se sale de control. Ese es su trabajo y punto. Aunque ninguna institución de este tipo está libre de posibles excesos por parte de sus miembros, nuestro país es internacionalmente reconocido por su respeto a los derechos civiles y humanos. Esto es más fácil de entender si reemplazamos al imaginario romántico del revolucionario sin alternativa y la paranoia del infiltrado del Estado con la simple realidad: todos somos responsables de nuestros comportamientos excesivos cuando vivimos en comunidad, por más que creamos tener la verdad.

Sólo queda por decirle a todos aquellos que hacen un adecuado uso de su derecho a la movilización que no se dejen amedrentar, que los violentos son menos, y que los demás sí los estamos escuchando. Y a nuestros lectores, pues que es necesario salir de la apatía porque no hay como justificar los actos destructivos del vandalismo, sobre todo cuando las consecuencias inmediatas son pagadas con nuestros impuestos.

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