La disciplina de innovar

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La inteligencia artificial llegó a los comités directivos y la automatización entró en los planes de inversión. La innovación ocupa un lugar central en la conversación estratégica y el reto para las empresas colombianas está en convertir esa energía en mejoras medibles en la operación y en la experiencia de los clientes.

El Índice Mundial de Innovación 2025, elaborado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, ubicó a Colombia en el puesto 71 entre 139 economías. El estudio evalúa las capacidades de los ecosistemas de innovación y los resultados que producen. La posición del país muestra el margen que tenemos para llevar esas capacidades a la práctica.

Por Valentina Santa Gáez, CEO de Nexa

Hay una definición que escuché hace tiempo y que me acompaña desde entonces: “innovar es ver lo que todos ven, pensar lo que pocos piensan y hacer lo que nadie hace”. La palabra decisiva es “hacer”, porque una idea adquiere valor cuando resuelve una fricción o mejora un resultado. De allí surgen cinco principios para cerrar la distancia entre intención y ejecución.

Todo empieza por enamorarse del problema. Con frecuencia, las empresas invierten el orden y discuten qué plataforma comprar o qué modelo implementar antes de comprender el dolor que buscan resolver.

Una organización puede instalar un chatbot que reduzca el tiempo de respuesta y, aun así, dejar intacta la causa que obliga al cliente a contactarla varias veces. Automatizar un proceso confuso acelera la confusión. En la experiencia de cliente, cada interacción revela fricciones que una presentación ejecutiva suele ocultar.

Después viene la persistencia. La innovación es un proceso evolutivo en el que la primera prueba rara vez entrega la respuesta completa, aunque aporta evidencia para diseñar la siguiente. Persistir consiste en ajustar a partir de lo aprendido y cerrar a tiempo las hipótesis que perdieron sentido.

Ese aprendizaje conduce al tercer principio, fallar rápido y barato. Su aplicación responsable exige método. Un buen piloto define la hipótesis, limita la exposición, fija una fecha de revisión y establece qué resultado justifica avanzar. La velocidad necesita gobierno para proteger la continuidad y la confianza.

El cuarto principio consiste en premiar la curiosidad y convertir el error honesto en aprendizaje. Cuando una prueba responsable recibe castigo, el equipo aprende a repetir fórmulas conocidas y a guardar silencio. La curiosidad crece cuando los líderes hacen preguntas y reconocen lo aprendido.

El quinto principio es elevar la ambición. Las mejoras incrementales optimizan lo existente, mientras las apuestas disruptivas cambian la forma de crear valor. Se trata de patear la mesa y reconstruirla bien.

También hay disrupción cuando actores que compiten deciden cooperar alrededor de un propósito compartido. Colombia necesita más colaboración de este tipo para formar talento y ampliar el acceso a capacidades tecnológicas en las regiones.

Los cinco principios toman fuerza cuando la innovación entra en las decisiones cotidianas. Las áreas especializadas ordenan el método y conectan actores, mientras la cultura se consolida en la operación, donde cada equipo identifica problemas y prueba soluciones dentro de un marco responsable.

El lugar que Colombia alcance en innovación se definirá en la capacidad de sus empresas para convertir ideas en soluciones que funcionen. La tecnología acelera el recorrido y la disciplina sostiene el avance. La innovación, al final, se mide por los problemas que logra resolver.

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