La traición de Trump

“Trump quería pasar a la historia como el hombre que hizo grande a Estados Unidos. Será recordado por haberle dado la espalda a un pueblo que lucha por su libertad para acercarse al dictador que pretende arrebatársela.”

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No deja de sorprenderme Donald Trump. Se pasó meses prometiendo que acabaría con la guerra de Ucrania y ahora parece más interesado en hacer negocios con Vladímir Putin que en defender al país que fue invadido. El viernes anunció un acuerdo para facilitar las exportaciones rusas de diésel y aliviar temporalmente las sanciones contra Moscú. Al día siguiente sugirió que Ucrania necesitaba otro presidente. Putin invade un país, destruye sus ciudades y mata a sus habitantes. Zelenski intenta defenderlo. Y Trump termina cuestionando al segundo mientras negocia con el primero. ¿En qué momento el presidente de Estados Unidos empezó a tratar con tanta consideración al hombre que pretende someter a Ucrania y con tanta impaciencia al que intenta impedirlo?
La contradicción resulta todavía más difícil de aceptar cuando se mira lo que ocurre con el combustible. Los precios están bajo presión por la guerra con Irán, en la que Trump involucró a su país y cuyas consecuencias económicas ahora debe afrontar. La crisis energética y las dificultades en el suministro de petróleo golpean los mercados, mientras la Casa Blanca busca cómo contener el costo de la gasolina y el diésel. Y Trump vuelve la mirada hacia Rusia. El mismo Putin al que Occidente pretendía presionar por la invasión de Ucrania encuentra ahora una oportunidad para colocar su combustible, obtener ingresos y financiar la guerra. Trump necesita aliviar las consecuencias económicas de su propia política exterior y termina negociando con un dictador cruel y sanguinario que libra una guerra contra un pueblo que lucha por su libertad. Cuesta encontrar una contradicción más elocuente.
La relación entre Trump y Putin merece una mirada seria. El presidente estadounidense parece empeñado en demostrar que puede entenderse con el mandatario ruso, como si la cercanía personal entre ambos bastara para resolver las diferencias que separan a sus países. Putin conoce el valor de esa disposición. Lleva años intentando imponer su voluntad sobre Ucrania y sabe que el tiempo, el cansancio de sus adversarios y las divisiones entre los aliados pueden jugar a su favor. No necesita que Trump declare su apoyo a la invasión. Le basta con que debilite la presión económica sobre Moscú mientras cuestiona la resistencia ucraniana. Cada concesión puede convertirse en una oportunidad para exigir algo más.
Lo de Zelenski resulta todavía más indignante. ¿Con qué autoridad le dice Trump a un país invadido que debería cambiar de presidente porque su mandatario no consigue cerrar el acuerdo que él desea? Los ucranianos elegirán a su gobernante cuando les corresponda. No tiene que decidirlo Trump y mucho menos Putin. Zelenski puede cometer errores, como cualquier presidente, pero no fue él quien cruzó la frontera con un ejército para apoderarse del territorio de otro país. La responsabilidad de la invasión no se puede repartir a conveniencia para que el agresor termine convertido en interlocutor respetable y el agredido en un obstáculo para la paz.
A Trump parece costarle entender que Ucrania no es una propiedad que pueda negociarse entre dos hombres poderosos. Los ucranianos han muerto defendiendo sus hogares, han enterrado a sus familiares y han visto cómo millones de compatriotas debían abandonar el país. No llevan años resistiendo para que su libertad termine convertida en una cifra dentro de un acuerdo comercial. Putin quiere someterlos. Trump quiere anunciar que ha conseguido la paz. Pero la paz que se negocia a costa de la soberanía de un país puede dejar intactas las ambiciones que provocaron la guerra. Y entonces no habrá resuelto el problema, apenas habrá aplazado sus consecuencias.
Por supuesto que quiero que la guerra termine. Nadie que comprenda el sufrimiento de los ucranianos puede desear que continúen las bombas, las muertes y la destrucción. Pero una cosa es negociar para conseguir una paz duradera y otra muy distinta es aliviar la presión económica sobre Rusia mientras se presiona al país agredido para que acepte las condiciones que le imponen. Si Putin obtiene beneficios y concluye que la invasión le ha servido para ganar terreno político y económico, ¿qué le impedirá volver a intentarlo? La paz necesita garantías, respeto por la soberanía ucraniana y condiciones que no conviertan la agresión militar en un camino rentable hacia nuevas concesiones.
Estados Unidos ha defendido muchas veces la libertad como uno de los principios de su política exterior. Su historia está llena de contradicciones, pero eso no borra la importancia de ese ideal. Trump, que habla constantemente de la fuerza estadounidense y de la defensa de los intereses de su país, parece olvidar que también hay intereses que no se miden en barriles de petróleo ni en cifras comerciales. La independencia de Ucrania importa porque ningún pueblo debería tener que someterse a un gobernante extranjero para evitar que sus ciudades sigan siendo bombardeadas. Si Washington abandona ese principio cuando defenderlo resulta costoso, sus promesas de solidaridad pierden credibilidad.
La libertad ucraniana no le pertenece a Trump ni a Putin. Les pertenece a los hombres y mujeres que se niegan a vivir bajo el dominio de un dictador. Trump puede negociar, buscar una salida diplomática y tratar de contener los precios del combustible. Lo que no debería hacer es sacrificar esa causa para aliviar las consecuencias de una guerra que él mismo decidió librar en Irán, mientras ofrece ventajas económicas al gobernante que invadió Ucrania. Putin comenzó esta guerra. Los ucranianos llevan años pagando el precio. Y Trump corre el riesgo de pasar a la historia como el presidente que, obsesionado con anunciar acuerdos y exhibir victorias, terminó facilitándole las cosas al agresor y traicionando la lucha de un pueblo por su libertad.
Trump escogió el camino de la amistad con las dictaduras por encima de la lucha por la libertad y debe pagar esa decisión en las urnas. En noviembre, los estadounidenses tendrán la oportunidad de recordarle que no se puede traicionar una causa justa y pretender salir indemne. Trump quería pasar a la historia como el hombre que hizo grande a Estados Unidos. Será recordado por haberle dado la espalda a un pueblo que lucha por su libertad para acercarse al dictador que pretende arrebatársela.

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