Los convenientes de la política

Son dos comunidades distintas, pero una misma tragedia política: líderes genuinos enfrentados a convenientes que usan las causas colectivas como trampolín personal.

Los convenientes de la política

Las circunscripciones especiales nacieron para corregir una injusticia histórica. Hoy, tristemente, se han convertido en el refugio perfecto de quienes no tienen raíces, ni causa, ni compromiso, pero sí ambición. La política colombiana ha permitido que la representación étnica sea usada como atajo, no como responsabilidad.

Marta Peralta, senadora del MAIS, representa lo que estas curules debieron ser desde el inicio: una voz auténtica. Su identidad indígena no es una estrategia de campaña ni un disfraz electoral; es una causa que ha defendido con coherencia, orgullo y trabajo político real. Su agenda no se limita al discurso simbólico, sino que se traduce en representación efectiva y presencia constante en las luchas de los pueblos indígenas.

El problema aparece cuando la circunscripción se vuelve atractiva para quienes nunca caminaron el territorio ni defendieron a la comunidad. Alfredo de Luque es el ejemplo más claro de esa política oportunista. En su paso por la Cámara, su gestión para los pueblos indígenas fue mínima, casi inexistente. No dejó huella legislativa ni liderazgo comunitario. Hoy pretende llegar al Senado no por un proceso construido con las comunidades, sino porque esta vía resulta más fácil que competir en igualdad de condiciones.

Más grave aún es el contexto político que lo rodea. De Luque no es un actor aislado: es hijo de un exgobernador señalado y acusado por la justicia, símbolo de una política tradicional marcada por cuestionamientos judiciales y prácticas que el país dice querer superar. No se trata de heredar culpas, pero sí de evidenciar que su proyecto político no representa una ruptura, sino una continuidad de las mismas maquinarias que históricamente han  instrumentalizado al Estado y ahora buscan instrumentalizar también las causas étnicas.

En las comunidades afrodescendientes el panorama no es distinto. Miguel Polo Polo ha demostrado que se puede ocupar una curul especial sin defender absolutamente nada de aquello que se supone representa. Su paso por el Congreso ha estado marcado por el escándalo permanente, la provocación vacía y la negación sistemática del racismo estructural. Ha llegado incluso a cuestionar y deslegitimar a las Madres de Soacha, uno de los símbolos más dolorosos y respetados de la lucha por la verdad y la dignidad en Colombia. Ese hecho, por sí solo, debería inhabilitar moralmente a cualquiera que pretenda hablar en nombre de comunidades víctimas de exclusión y violencia.

Polo Polo no legisla para su comunidad, no construye agenda colectiva y no defiende derechos. Su capital político se basa en la polémica, en el ruido y en la confrontación mediática, mientras las necesidades reales del pueblo afro siguen sin respuesta. Su curul no es una trinchera de lucha, sino un escenario de protagonismo personal.

El contraste es evidente con liderazgos como el de Óscar Benavides. Sin haber sido congresista, ha trabajado de manera constante con su comunidad, desde el territorio, sin cámaras ni discursos incendiarios. Su liderazgo se ha construido con hechos, no con escándalos; con compromiso real, no con oportunismo electoral.

Son dos comunidades distintas, pero una misma tragedia política: líderes genuinos enfrentados a convenientes que usan las causas colectivas como trampolín personal. Mientras unos luchan por transformar la realidad de su gente, otros solo buscan la forma más fácil de llegar al Congreso.

Las circunscripciones especiales no pueden seguir siendo botín de ambiciosos sin causa. O se defienden como espacios de representación real, o terminarán siendo otro símbolo de cómo la política colombiana es capaz de corromper incluso las luchas más legítimas.

¡DIÁLOGO PARA AVANZAR Y UNIR A LA GENTE!

Por: Juan Nicolás Pérez Torres – @nicolas_perez09

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