No más apología al narcotráfico

Muchos se rasgan las vestiduras y profesan discursos moralistas, pero al mismo tiempo, desde los medios de comunicación y plataformas donde ellos están, solamente encuentran en el narcotráfico una punta de lanza para ganar audiencia y clientes.

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Seremos contundentes y claros con el mensaje que queremos dar en estas líneas a continuación. Primero, queremos invitar a una reflexión profunda, a un cuestionamiento sobre la coherencia, las consecuencias y la lógica del accionar de plataformas de video, canales de televisión y noticieros respecto a lo que es y ha sido el narcotráfico para Colombia.

La excusa es la misma de siempre: que quien no conoce su historia está condenado a repetirla, para justificar toda una producción que cuesta millones y millones para recrear la vida de seres miserables que nunca debieron ver la luz del día y que han profanado nuestro país, sembrándolo de sangre, dolor y lágrimas. Han creado estereotipos en los distintos barrios de nuestras ciudades, con muchísima ficción pero también con un grado de crudeza de doble filo, mostrando hasta dónde esta sociedad ha llegado en niveles de violencia, pero dejando una lastimosa estela de “superhéroes”. Superhéroes que nunca lo fueron, que no fueron más que fratricidas, y que lamentablemente hoy muchos niños y jóvenes siguen queriendo emular. Ese es el principal cuestionamiento que queremos hacer.

También dirán como excusa que ya han empezado a hacer novelas y series sobre ciclistas, sobre cantantes, para tratar de equilibrar la balanza. Pero reconocen que no es tan rentable, no genera tanto rating, no lo compra la plataforma de video. Y como si fuera poco, nos quejamos de que en el mundo nos sigan reconociendo por ser un país que exporta droga, sicarios, prostitución, mostrando una mala imagen ante el mundo. No se puede tapar el hecho de que, cuando llegamos a un aeropuerto internacional y nos ven el color del pasaporte, ya tenemos una duda encima.

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Los canales, en su afán por el dinero y en su desesperación, no encuentran nada distinto que conmemorar a Pablo Escobar cada aniversario con una serie nueva, un relato, un documental, mostrándolo como el capo a seguir, como esa figura de poder y control. Vayan y pregunten a los niños en los barrios más pobres de algunas ciudades del país qué quieren ser cuando grandes para que se sorprendan.

Los detractores dirán que no se puede tapar la historia. De acuerdo, nadie está pidiendo que se tape, pero en Alemania no conmemoran a Hitler cada semana. Tienen un dolor, tienen muertos encima, tienen sangre todavía. Pero en Colombia parece que nos encanta la violencia, hacer apología y poner en un pedestal lo criminal.

Ahora inauguramos otra serie más de narcotráfico y van a reencauchar otra serie vieja de narcotráfico y Pablo, y el cartel de allí y el cartel de allá. Nos quejamos de cómo el narcotráfico nos está consumiendo. Realmente es un debate ético, moral, un debate que muy pocos se atreverán a hacer porque no pueden patear la lonchera. Pero nosotros, como medio de comunicación, recogemos los dolores, las quejas, las preocupaciones y los sentimientos de miles de familias que tienen que ver cómo sus niños están apegados a ver series del sicario, de la violencia en moto, del asesinato, del narcotráfico, del capo, y luego los quieren imitar. O si no, pregunten qué pasa en los colegios, por ejemplo, cuando los niños juegan a los combos, juegan al traqueto. Deberíamos preocuparnos por otras cosas, pero como no se puede decir, seríamos muy impopulares por ser políticamente incorrectos al decir las cosas como son.

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Los defensores del televidente son un adorno, son un jarrón chino; nadie los puede botar, pero nadie sabe dónde ponerlos, no sirven para absolutamente nada. La capacidad de crear drama, de crear incluso acción ficticia, de crear otro tipo de producciones en Colombia, parece que solo nos podemos apegar a la violencia. Esa violencia que hoy sigue cobrando vidas, hace que el narcotráfico siga destruyendo familias, secuestrando, extorsionando, asesinando. Pero, por un lado, nos quejamos y, por otro, les hacemos grandes celebraciones y los ponemos en alfombra roja.

Realmente, si como país no somos capaces de superar ese apego tóxico, esa relación tan venenosa, tan cruenta, tan asqueante, difícilmente podremos cambiar nuestro presente y nuestro futuro. El mejor mensaje y la mejor respuesta podría ser no ver eso, cuestionarlo, eliminarlo, bloquearlo. Lamentablemente, el morbo le puede más a la sociedad colombiana.

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