De ganar las elecciones y otros demonios

Eduar Barbosa Caro. Columnista 360 Radio
Eduar Barbosa Caro. Columnista 360 Radio

El padre Cayetano Alcino del Espíritu Santo Delaura y Escudero, en una de las novelas más conocidas de García Márquez, acaba por definir el amor como un demonio: lucha contra él, siente que lo consume y al final sucumbe a sus artimañas en medio de esa ventolera que es desear un futuro incierto.

Cayetano pone su esperanza en el sujeto de sus afectos, es capaz de saltarse códigos morales y terminar viviendo en una realidad forjada por la idealización de quien mueve su mundo. Aunque ficción, este fatídico proceder parece una alegoría de lo que vivimos en Colombia cada cuatrienio: el camino pedregoso al corazón de nuestra democracia, es decir, a nosotros mismos.

Una relación tóxica

Las elecciones del 21 de junio vienen cargadas de una tensión descomunal. Lazos familiares en la cuerda floja, amigos que se saludan como militares, otros que afirman que el cambio debe continuar y como no se pudo en primera, toca meterle segunda (¿a la chiva?) para no retroceder, y así sucesivamente. Todos dicen creer en la democracia a falta de un sistema mejor, pero las diferencias entre bandos van de la tierra al cielo o viceversa, dependiendo de a quién se le pregunte.

Siguiendo el ejemplo del padre Cayetano, quien estaba perdidamente enamorado de Sierva María, hay quienes son capaces de abandonar sus votos políticos en medio de la polarización y la locura tropical por el poder. Presenciamos peleas macondianas de tigres con palomas, mientras partidos políticos se fragmentan y una vez más el centro demuestra que no hay una neutralidad casta y purísima, sino que bailan al son que les toquen.

Como un amor delirante, el mesianismo ha conquistado una vez más a la política colombiana. Para algunos esto es mejor que la alternativa, es decir, caer en las manos de gobiernos autocráticos o de dictadores febriles, pero debemos recordar que los extremos suelen tocarse. Amamos la democracia ardientemente, soñamos con verla florecer en nuestro platanal de abundancia, pero no hemos sido capaces de encontrar la fórmula para arreglarla, si es que tiene arreglo.

El futuro seguirá siendo indescifrable

Izquierda y derecha se dan por ganadoras, pero como dijo en los noventas el filósofo costeño Diomedes Díaz, “no sé, Ernesto, no sé”. El sentimiento político anda en ebullición, y ya están diciendo que se va a incendiar el país gane quien gane: si vence Abelardo, dijo en entrevista Gustavo Bolívar, “la gente no es manca y no se va a dejar destripar”; mientras tanto, los que van a poner la raya al tigre este domingo presienten que el petrismo no se va a dejar sacar de la Casa de Nariño así como así. Habrá que ver.

La pluma de García Márquez estaría babeando con semejante escenario, porque el problema de la democracia somos todos los que participamos de ella. Nuestras mejores intenciones están manchadas del deseo de control, de las ganas de imponer nuestras ideas a las buenas o a las malas, aunque busquemos refrenar tales impulsos.

Si bien no sabemos cuál va a ser el resultado de la contienda, hay zonas del país deslizándose por los barrancos de siempre: influencia guerrillera, alerta por posible compra de votos… en fin. El presente es tan diáfano que puede verse con claridad semejante oscuridad.

Ganar las elecciones parece ser un demonio que duerme su siesta de cuatro años, despierta y saca a flote las contradicciones, anhelos y frustraciones más profundas de un país que, a pesar de todo, quiere la paz. La paz, pero no a cualquier costo. La estrepitosa efervescencia del padre Cayetano por la muchacha de sus calenturas nos recuerda que cuando el juicio se nubla, las decisiones también.

Las consecuencias de un voto pueden llevarnos por un camino sin retorno que cambie las mariposas amarillas del estómago por piedras en los platos, y luego todos pagaremos esa vajilla rota. Como el padre Cayetano, bien podríamos ir de la euforia al destierro, desconsolados y arrastrando los pies por un momento de éxtasis, carcomidos por el dolor insondable de lo que pudo ser y no fue.

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