Petro y López: la política del renglón torcido

Vale la pena hacer memoria, porque Colombia tiene la costumbre de perdonarlo todo con tal de no incomodarse. Claudia López llegó a calificar a Petro de "absoluto inepto, incapaz de gobernar y menos de cambiar".

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El martes pasado, Gustavo Petro publicó una foto abrazado con Claudia López y habló de una «alianza por la vida» de cara a las elecciones regionales de 2027. Ella, por su parte, salió a explicar que aquello no era simplemente pasar la página, sino «reconstruir puentes y propósito». Bonitas palabras. El problema es que ya las hemos escuchado antes, en boca de los dos, y siempre significan lo mismo: llegó la hora de necesitarse otra vez.

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El contexto entre Petro y López

Vale la pena hacer memoria, porque Colombia tiene la costumbre de perdonarlo todo con tal de no incomodarse. Claudia López llegó a calificar a Petro de «absoluto inepto, incapaz de gobernar y menos de cambiar». Sobre la paz total dijo, sin medias tintas, que era cosa de «un pedazo de pendejo» que «no ha desmovilizado a nadie». Lo acusó de gobernar rodeado de corruptos, lo llamó irrespetuoso y arrogante, y hasta le preguntó públicamente por qué no se miraba al espejo antes de hablar de fascismos ajenos. Lo denunció ante la Comisión de Acusaciones y ante la CIDH. Lo trató de ladrón y de traidor. Todo eso con nombre propio y en cámara, no en un chat privado que después se pueda borrar.

Petro tampoco se quedó callado. Cuando la entonces alcaldesa insistió en el metro elevado, el presidente lo calificó de «chambonada» y de «esperpento», y advirtió que las tres generaciones siguientes iban a maldecir esa decisión. Le respondió que su desacuerdo era, en el fondo, «el egoísmo social de una casta que no deja progresar a Bogotá». Y hace apenas unos días, recordando cuando ella lo apoyó para llegar a la presidencia, le lanzó una pregunta que hoy suena casi profética: «¿qué hacer con la incoherencia?».

Esa es la pregunta que este editorial le devuelve al país, porque la respuesta ya la dimos todos sin darnos cuenta, celebrando la foto en redes como si fuera una buena noticia. ¿Cómo le van a creer a alguien que cambia de posición según a quién necesite en ese momento? ¿Qué va a pensar un ciudadano que escuchó, con sus propios oídos, cómo se acusaban de corruptos, ineptos y traidores, y ahora los ve sonriendo juntos, hablando de unidad, justo cuando a los dos les urge sumar votos para 2027? La respuesta honesta, la que exige el mínimo respeto por la inteligencia de la gente, es que no se les puede creer nada. Ni el insulto de antes ni el abrazo de ahora. Lo único que se les puede creer es el cálculo.

Y toca hablar de lo que en la foto no se ve, que es lo que Bogotá pagó mientras ellos se peleaban por cámara. Durante la alcaldía de Petro, entre 2012 y 2015, la ciudad vivió una emergencia sanitaria por la crisis de las basuras, con camiones de volteo recogiendo desechos como se pudo y una multa que superó los 80 mil millones de pesos. El SITP terminó con un déficit de 800 mil millones, perdiendo cerca de 2 mil millones diarios, y la Contraloría calificó esa gestión de ineficiente, antieconómica e inefectiva, con pérdidas cercanas al billón de pesos.

Años después, ya con López en la alcaldía y Petro en la presidencia, el enfrentamiento entre los dos volvió a golpear a Bogotá, esta vez desde otro frente. En septiembre de 2023, López declaró una ruptura abierta con el gobierno nacional después de que este frenara las licitaciones de infraestructura vial, justo las que resolverían los accesos por el norte de la ciudad. La ALO Sur, la Autonorte y la calle 13, vías que Bogotá necesita desde hace décadas para entrar y salir sin que cada mañana se convierta en una tortura, quedaron atrapadas en ese pulso entre alcaldía y presidencia. Al metro tampoco le fue distinto. Años de pelea sobre si debía ser elevado o subterráneo, acusaciones cruzadas sobre quién estaba dañando a la ciudad, mientras Bogotá seguía esperando una solución que hoy, con la primera línea superando el 80 por ciento de avance, finalmente empieza a materializarse. No gracias a ellos dos. A pesar de ellos dos.

Ese es el punto que no se puede perder de vista. Mientras Petro y López se destrozaban en televisión y en redes sociales, la ciudad pagaba la factura en trancones, en obras frenadas, en plata mal invertida y en años que ya no vuelven. Y ahora, cuando les conviene, se abrazan y hablan de unidad, como si esos años no hubieran pasado, como si Bogotá no hubiera estado atrapada justo en el medio de su pelea.

Este editorial no pide que los políticos nunca cambien de opinión. Cambiar de opinión con argumentos nuevos y de cara al país es parte sana de la vida pública. Lo que no se puede aceptar, ni aplaudir, ni normalizar, es cambiar de bando sin explicación seria, solo porque la aritmética electoral de 2027 así lo aconseja. Eso no es evolución política. Es la misma vieja costumbre colombiana de tragarse los principios cada vez que el poder toca la puerta.

La reflexión que le queda al país, más allá de Petro y de López, es sencilla y valdría la pena hacérsela antes de la próxima foto sonriente entre enemigos de ayer. Si un político dijo, con todas sus palabras, que el otro era corrupto, inepto o traidor, y meses después aparece abrazándolo por conveniencia electoral, lo único coherente que le queda a la ciudadanía es no creerle ni lo uno ni lo otro. Ni el insulto de entonces ni el abrazo de ahora. Solo quedan los hechos, y esos ya los conocemos, porque los pagamos todos los días, en la primera fila de un trancón bogotano.

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