¿Quiénes sufren?

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Ojalá alguna vez en este país sin dolientes surja aquella duda que el nobel chileno elevó a la eternidad: ¿Quiénes sufren?

Por: Orlando David Buelvas Dajud

En mi patria hay un monte.

En mi patria hay un río.

 

Ven conmigo.

 

La noche al monte sube.

El hambre baja al río.

 

Ven conmigo.

 

Quiénes son los que sufren?

No sé, pero son míos.

 

Ven conmigo.

 

No sé, pero me llaman

y me dicen «Sufrimos».

 

Ven conmigo.

 

Y me dicen: «Tu pueblo,

tu pueblo desdichado,

entre el monte y el río,

 con hambre y con dolores,

no quiere luchar solo,

te está esperando, amigo».

 

Oh tú, la que yo amo,

pequeña, grano rojo

de trigo,

será dura la lucha,

la vida será dura,

pero vendrás conmigo.

 

  • “El Monte y el Río”, Pablo Neruda.

Ojalá alguna vez en este país sin dolientes surja aquella duda que el nobel chileno elevó a la eternidad: ¿Quiénes sufren?

Tal vez, los que sufren son los niños menores de 5 años que protagonizaron los 738 casos de desnutrición reportados este año en La Guajira. O bien, los que sufrieron fueron los 29 menores de edad que han muerto en 2023 en el mismo departamento como consecuencia de la precariedad en su alimentación. Con seguridad los que sufrirán son los guajiros que desde hace años enfrentan el fenómeno de El Niño, sin solución alguna. Sufren en soledad, rodeados de opiniones como un espectáculo social cuya relevancia surge para ahogarse en las olas políticas que privilegian su desgracia.

El pueblo desdichado que sufre entre el monte y el río son los campesinos que de rodillas le rezan a Dios y a sus santos por una solución al flagelo sufrido a manos de las guerrillas de paso, mientras los intelectuales se debaten en tierras lejanas por fórmulas ajenas a su realidad para reparar un mundo del que no hacen parte. Un sufrimiento lejano y agónico.

En medio de ese sufrimiento desgarrador brilla la cruel falta de humanismo bajo la que aceptamos ser jueces de las desgracias ajenas. El sufrimiento se deshumaniza para convertirse en estadísticas y números frívolos. Esto permite creer, de manera vehemente, en soluciones estáticas y recrudecidas para problemas estructurales que afectan la vida de miles de personas cuya voz perdió su eco hace tiempo.

Ser colombiano implica ser los muertos que están enterrados en las fosas comunes de Dabeiba, es ser aquella mujer de nombre desconocido que entregó las llaves del cementerio de su pueblo a los militares sin conocer sus intenciones, ser las madres que marchan una vez por año para recordar a sus hijos que hoy son falsos positivos, ser Rosa Elvira Cely tirada en un recoveco del Parque Nacional, es ser un niño del Cauca que nunca pudo estudiar, es el frío que cruje los huesos de quienes duermen en las calles de Tunja y el calor que hierbe la sangre de los obreros en Cerro Matoso. Es un acto de fe como lo escribió Borges.

Pero entonces ¿quiénes sufren?, o más bien ¿a quién le importa qué sufran?, las últimas semanas son sólo un triste reflejo de la idiosincrasia nacional, que eleva a los escándalos políticos, semana a semana, por encima de las necesidades básicas de los que por azar o virtud habitan este país. La pobreza, el hambre e incluso la escasez de agua quedan en un segundo plano dentro de los debates nacionales, para que los egos de quienes sí tienen voz choquen en debates dialécticos que no ofrecen más que una entretenida concha verbal de vericuetos lingüísticos sin plantar soluciones a nada.

El poeta chileno no se equivocó en su poema. Si alguna vez le preguntan a nuestro país ¿quiénes son los que sufren? con total seguridad responderá siguiendo los versos del Monte y el Río: no sé, pero son míos.

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