Una posición de país, más allá de la coyuntura

Una posición de país, más allá de la coyuntura

Hay momentos en la vida de un país en los que insistir en las diferencias resulta más fácil que construir puntos de encuentro. Este es uno de ellos. Y, sin embargo, también es uno de esos momentos en los que más se necesita lo segundo.

Hablar con franqueza implica empezar por lo evidente. Soy miembro del Centro Democrático. Fui candidato al Congreso y acompañé la precandidatura de Paloma Valencia. Una mujer responsable, respetuosa, inteligente, con sensibilidad y grandes capacidades para trabajar por este país. Tiene carácter y es leal. Me alegra profundamente el resultado que obtuvo, no solo por los votos, sino por el proceso: una campaña en la que participaron personas valiosas, con preparación, con criterio y con una visión clara de país. Como en todo proceso político, el tiempo también ha permitido ver que no todos estaban a la altura ética y moral que una aspiración presidencial exige. Eso también hay que decirlo.

Ahora bien, más allá de nombres propios, hay algo que no debería perderse de vista. A mí me ubican —y probablemente me seguirán ubicando— en la derecha. No me incomoda. Si ser de derecha significa creer en el respeto por la ley, en la importancia de las instituciones, en la separación de poderes, en la defensa de la empresa privada, en el valor del mérito y en las libertades individuales acompañadas de responsabilidades, entonces sí, esa es mi posición.

Pero esta no es una discusión de etiquetas. O, al menos, no debería serlo.

Cuando uno mira con algo de distancia el panorama actual, resulta evidente que las campañas de Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella comparten mucho más de lo que las separa. Las diferencias existen, por supuesto, pero son en gran medida de estilo, de forma, de tono. En lo esencial, la defensa de las libertades, de la institucionalidad, de un modelo económico que genere riqueza— hay coincidencias profundas.

Por eso preocupa el desgaste al que hemos llegado. Han sido semanas de confrontación innecesaria, de ataques que dejan heridas difíciles de cerrar y que, en última instancia, debilitan un propósito mayor. Porque hay momentos en los que un país exige algo distinto de sus dirigentes y de sus ciudadanos: exige grandeza.

Grandeza para entender que no todo puede reducirse a una competencia personal. Grandeza para reconocer que hay riesgos que superan cualquier diferencia interna. Grandeza, incluso, para ceder cuando es necesario.

La realidad es que, de cara a una eventual segunda vuelta, ese desgaste pasa factura. Las divisiones no desaparecen de un día para otro, y cada fractura resta capacidad de convocatoria en un escenario donde cada voto cuenta.

Mientras tanto, el foco se ha desviado. Se ha discutido más entre quienes comparten una visión similar de país que frente a quien representa un proyecto político distinto. Y eso no es menor.

Colombia enfrenta una decisión de fondo. Una decisión sobre el tipo de instituciones que quiere preservar, sobre el equilibrio de poderes, sobre el modelo económico, sobre el papel del Estado y sobre los límites del poder. Es una conversación que debería darse con mayor profundidad y menos ruido.

Por eso, más que insistir en la confrontación interna, este es un momento para bajar el tono. Para desescalar. Para entender que el adversario no está en quien piensa parecido con matices distintos, sino en las diferencias estructurales que definirán el rumbo del país en los próximos años.

También es un momento para que los ciudadanos asuman su responsabilidad. Votar no es un acto menor. Es una decisión que tiene consecuencias reales sobre la estabilidad institucional, la economía y las libertades.

Quedan pocos días. Y en esos días todavía es posible corregir el rumbo del debate. Es posible dejar de lado los agravios, reconstruir puentes y actuar con la madurez que una democracia exige.

Al final, más allá de los resultados, lo que está en juego no es una candidatura ni un partido. Es la capacidad de un país de ponerse por encima de sus divisiones cuando las circunstancias lo exigen.

Y eso, más que una posición política, es una posición de país.

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