La ANDI es más grande que su presidente, y también que cualquier gobierno

La salida de Bruce Mac Master fue, ante todo, una diferencia personal. Pero la forma en que se tramitó terminó tocando a una institución que no le pertenece a nadie. Ahora, la elección de su sucesor dirá mucho de la salud de los gremios en Colombia.

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El primero de octubre, con una carta de dos páginas, Bruce Mac Master puso fin a casi trece años al frente de la ANDI, el gremio empresarial más poderoso del país. Dijo que se iba para proteger a la institución. Desde entonces, el episodio se ha contado como una victoria o como una derrota, según la orilla de quien lo narre. En 360 COLOMBIA preferimos contar lo que pasó.

Lo que pasó

Los hechos son estos. A comienzos de septiembre, la junta directiva de la ANDI había ratificado a Mac Master hasta finales de 2027. Semanas después se conoció que en el Gobierno circulaba la instrucción informal de no reunirse con el gremio mientras él lo presidiera. No fue una orden dada en un consejo de ministros, pero el veto existió. Por esos mismos días, empresas como Incauca, Providencia y Sucroal se retiraron del gremio. Y el primero de octubre llegó la renuncia.

Hay, sin embargo, otros hechos que matizan la lectura de un ataque contra el empresariado. Mac Master no era un opositor del presidente. Durante la campaña escribió una columna para explicar su voto por Abelardo de la Espriella, aunque advirtió que nadie recibe un cheque en blanco. Además, en el propio mundo gremial se reconoce que su relación con buena parte del sector era difícil y que pocos estaban dispuestos a sacrificarse por él. El problema, en otras palabras, tenía nombre propio, y la distancia entre el presidente y el dirigente venía de años atrás, de la época en que De la Espriella ejercía como abogado.

Dos verdades al mismo tiempo

De ahí se desprenden dos verdades que pueden convivir. La primera es que todo presidente, sea quien sea, tiene derecho a escoger en quién confía. Lo hace con sus ministros, con sus asesores y con sus interlocutores, porque la confianza no se decreta. Nada indica que este Gobierno haya querido golpear a la clase empresarial: en plena crisis fiscal la necesita, la ha buscado y su ministro de Hacienda viene, precisamente, del mundo gremial.

La segunda verdad es que la forma importa tanto como el fondo. Cuando la desconfianza hacia una persona se traduce en puertas cerradas para toda una institución, quien paga no es el dirigente, sino las miles de empresas que representa. Por eso las diferencias personales deben tramitarse de frente y nunca a través de mensajes a una junta directiva. Tampoco es la primera señal: a finales de agosto, Carolina Soto duró apenas veinte horas como presidenta de la Cámara Colombiana de la Infraestructura. Dos episodios en mes y medio merecen atención, y el Gobierno haría bien en evitar un tercero.

En esto no hay matices. La autonomía de los gremios está garantizada por el artículo 39 de la Constitución, y ese principio valía durante el gobierno anterior, cuando la Casa de Nariño llegó a pedir la salida del gerente de la Federación de Cafeteros y renunciaron cuatro presidentes gremiales en pocos meses. Vale exactamente igual hoy. Los principios no cambian según quién gobierne.

Todos pesan, ninguno por encima de otro

Conviene, además, poner las cosas en su justa proporción. La ANDI es un gremio enorme: sus más de 1.400 afiliados representan, según la propia asociación, entre el 50% y el 55% del PIB. Pero el tejido empresarial de Colombia es mucho más amplio. Las micro, pequeñas y medianas empresas son más del 99% de las compañías del país y generan cerca del 80% del empleo, según Confecámaras. La gran mayoría de ellas no está en la ANDI.

Por eso el Gobierno tiene que entender esos pesos y la conexión real que cada agrupación tiene con la economía. La ANDI es relevante, pero también lo son Fenalco, Acopi, las cámaras de comercio y los gremios regionales y sectoriales, donde están el tendero, el confeccionista y el transportador. Todos son importantes, absolutamente todos, y ninguno debe estar por encima de otro. Un buen gobierno escucha a los grandes sin olvidar que la economía real se juega, todos los días, en millones de pequeñas empresas.

«La ANDI no es de quien la preside ni de quien gobierna. Es de quienes la integran.»

El gesto de Mac Master

En medio del ruido, Mac Master tomó la decisión que se espera de un dirigente responsable. Entendió que la función esencial de un gremio es la interlocución con el gobierno de turno y que, si su presencia la impedía, la ANDI dejaba de cumplir su tarea. «Si mi retiro contribuye a proteger a la institución y a facilitar que pueda continuar desarrollando plenamente su misión, debo dar este paso», escribió. Esa frase lo honra, como también lo honra haber defendido a la empresa privada durante cuatro años muy difíciles.

Lo que viene: un sucesor de verdad

Ahora la junta de la ANDI tiene en sus manos la decisión más importante, y aquí hay que ser muy claros. Quien llegue no puede ser ficha de nadie: ni del Gobierno, ni de un grupo económico, ni de un partido. Tampoco puede llegar a dedo, como premio o como favor, para servir tintos y organizar mesas. Nada de cuñados, de esposas, de amigos ni de recomendados.

La ANDI necesita a alguien con experiencia y capacidades probadas, y ojalá con la vivencia de lo que significa hacer empresa en Colombia: pagar una nómina, sortear la tramitomanía, sobrevivir a una reforma tributaria y, aun así, seguir invirtiendo. Alguien con la independencia para decirle que no al Gobierno cuando haga falta y con la madurez para trabajar con él cuando el país lo necesite.

Si la junta elige con ese criterio, los afiliados ganarán un vocero y el Gobierno, un interlocutor serio. Si elige para complacer a alguien, la ANDI habrá perdido algo que no se recupera con facilidad: su credibilidad.

Los presidentes pasan, y los gobiernos también. Las instituciones que valen la pena son las que saben sobrevivir a ambos.

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