Barranquilla nunca ha sido una ciudad políticamente ingenua. Aquí el poder no se improvisa, se hereda, se administra y se protege. Durante años, la capital del Atlántico ha vivido bajo una hegemonía sólida, eficiente y casi incuestionable: la de la Casa Char. Una estructura que entendió como pocas la relación entre política, empresa, deporte y narrativa urbana. Pero toda hegemonía, por más fuerte que parezca, tiene un punto de quiebre. Y ese punto hoy tiene nombre propio: Armando Benedetti.
La posibilidad de que Benedetti sea el próximo alcalde de Barranquilla no es una anécdota electoral. Es un terremoto político. Es, quizás, el mayor remezón al poder local desde que los Char se consolidaron como el clan dominante del Caribe colombiano. No se trata solo de una elección; se trata de una disputa histórica entre dos formas de entender el poder: la del control prolongado y la del reordenamiento político.
Benedetti no llega a esta coyuntura como un outsider ni como un político local reciclado. Llega como uno de los hombres más experimentados del poder nacional, con décadas de lectura fina del sistema político colombiano. Ha sido senador, embajador, negociador, operador político y, más recientemente, una pieza clave del gobierno nacional. Benedetti no es un símbolo: es un actor real del poder.
Su papel como ministro fue determinante en uno de los momentos más complejos del actual gobierno. Mientras muchos se concentraban en el discurso, Benedetti se concentró en la gobernabilidad. Entendió que las reformas no se construyen solo con convicción ideológica, sino con acuerdos, mayorías y conocimiento profundo del Congreso y de las regiones. Su mayor logro no fue una ley específica, sino sostener el proyecto político cuando parecía fracturarse desde adentro.
Eso, en política, es una virtud escasa.
Barranquilla, precisamente, necesita hoy algo más que administradores técnicos. Necesita un líder con capacidad de confrontar estructuras, negociar con el gobierno nacional y disputar poder real. La ciudad ha avanzado, nadie lo niega. Hay obras, hay resultados visibles, hay una narrativa de progreso que funcionó. Pero también hay fatiga. Fatiga democrática. Fatiga de apellidos. Fatiga de un poder que no rota y que, cuando no rota, se vuelve predecible y excluyente.
La Casa Char construyó ciudad, pero también construyó un cerco político. Durante años, la competencia real fue mínima, el debate fue limitado y la oposición quedó relegada a la queja, no a la alternativa. Benedetti representa, por primera vez en mucho tiempo, una amenaza creíble a ese modelo. No por carisma, sino por estructura. No por discurso, sino por poder.
Su cercanía con el gobierno nacional no es un detalle menor. Barranquilla podría pasar de ser una ciudad autónoma pero distante del centro político, a convertirse en un nodo estratégico del proyecto nacional. Eso implica recursos, articulación institucional y un nuevo peso político para el Caribe en la toma de decisiones del país.
Pero, sobre todo, implica el fin de una lógica: la política como herencia familiar.
Benedetti no viene a administrar el statu quo. Viene a disputarlo. A cambiar las reglas del juego. A abrir el escenario político a nuevos actores, nuevas fuerzas y nuevas conversaciones. Eso incomoda. Y debe incomodar. Porque cuando el poder no se incomoda, se estanca.
Por supuesto, su figura no está exenta de controversias. Benedetti divide opiniones, genera resistencias y despierta temores. Pero la política transformadora nunca ha sido cómoda. Los cambios reales no los hacen los personajes neutros, los hacen quienes entienden el conflicto y se atreven a jugarlo.
Barranquilla está ante una decisión histórica. No es solo elegir a un alcalde. Es decidir si quiere seguir administrando el poder como costumbre o si está lista para disputarlo como democracia. Si quiere más de lo mismo, bien hecho pero cerrado. O algo distinto, incierto, pero abierto.
La pregunta ya no es si Benedetti puede ganar. La pregunta es si la ciudad está preparada para lo que significa que gane. Porque si eso ocurre, no solo cambia la Alcaldía: cambia el Caribe político, cambia el equilibrio de poder y se abre una nueva era.
Y cuando las eras cambian, nada vuelve a ser igual.
Por: Juan Nicolás Pérez Torres – @nicolas_perez09
Del mismo autor: Ni dictadura ni bombas: Venezuela no se libera así
