Nicolás Maduro ha sido un dictador. Concentró el poder, vació las instituciones, persiguió a la oposición y condujo a Venezuela a una de las peores crisis humanitarias del continente. Millones de venezolanos no emigraron por ideología, sino por hambre, miedo y falta de futuro. Esa responsabilidad histórica es indiscutible y no debe maquillarse.
Pero una verdad incómoda no justifica otra injusticia. La reciente acción militar de Estados Unidos contra Venezuela, presentada como un acto de liberación, no es una defensa genuina de la democracia. Es una decisión guiada por intereses propios, donde el control geopolítico y el petróleo venezolano —uno de los más grandes del mundo— ocupan un lugar central. La historia demuestra que Washington rara vez interviene por altruismo, y Venezuela no es la excepción.
La democracia no se impone con bombardeos ni se construye a punta de operaciones militares. La intervención extranjera no resuelve el colapso económico, la desigualdad ni la destrucción institucional; por el contrario, profundiza el caos y aumenta el sufrimiento de la población civil. Quien paga el precio no es la cúpula del poder, sino la gente común.
Además, esta acción vulnera un principio esencial del orden internacional: la soberanía de los pueblos. Cuando una potencia decide, por la fuerza, el destino de otro país, se abre un precedente peligroso para toda la región. Hoy es Venezuela; mañana puede ser cualquier nación estratégicamente incómoda o rica en recursos. Eso no es democracia: es imposición.
Peor aún, este tipo de intervenciones fortalecen el relato que los regímenes autoritarios han explotado durante años: el enemigo externo. El chavismo sobrevivió políticamente apelando al antiimperialismo, y la fuerza militar extranjera no desmonta ese discurso, lo confirma y lo reactiva.
La salida a la crisis venezolana debía —y debe— ser política, no militar. Presión internacional legítima, diplomacia multilateral, sanciones inteligentes que no castiguen al pueblo y un respaldo real a la sociedad civil. Eso es menos espectacular que las bombas, pero es lo único que construye una democracia sostenible.
Maduro fue un dictador. Pero Estados Unidos no actuó por justicia, sino por interés. Venezuela no necesitaba un salvador armado ni un nuevo tutor extranjero; necesitaba recuperar su derecho a decidir su propio destino. Cambiar un abuso por otro no es libertad. Es repetir la misma lógica de dominación con otro uniforme.
Por: Juan Nicolás Pérez Torres – @nicolas_perez09
