La política internacional cambió. El mundo en el que los gobiernos guardaban silencio discreto sobre las elecciones de otros países ya no existe. Lo reemplazó uno donde las alianzas se construyen o se rompen antes del voto, donde la señal de un presidente extranjero tiene peso real en los mercados, en los tratados y en la seguridad regional. Seguir juzgando ese mundo con las categorías del anterior es un error de diagnóstico. Y el escándalo que montó la izquierda colombiana por el respaldo de Donald Trump a Abelardo de la Espriella es, precisamente, ese error.
Partamos de una distinción que nadie en el debate colombiano ha querido hacer con rigor, hay una diferencia fundamental entre una declaración política y una acción coercitiva. Cuando un gobierno envía tropas, impone sanciones económicas, financia grupos ilegales o amenaza directamente a una población para inclinar una elección, eso sí es intervención ilegítima, y merece condena universal. Pero cuando el presidente de los Estados Unidos publica una declaración de apoyo a un candidato, está ejerciendo algo mucho más básico, el derecho a expresar una preferencia política. Lo mismo que hace cualquier partido, sindicato, organización empresarial o medio de comunicación cuando respalda a alguien.
Ese tipo de respaldo le da a los votantes colombianos información valiosa que de otra manera no tendrían. Saber que el gobierno de Estados Unidos ve con buenos ojos a De la Espriella y con preocupación a Cepeda no es un dato neutral. Es un indicador de qué tipo de relaciones bilaterales puede esperar Colombia en los próximos años en comercio, en cooperación antinarcóticos, en acceso a mercados, en inversión. En sentido contrario, si un gobierno considera que un candidato representa una amenaza para la estabilidad regional o para sus intereses legítimos, decirlo en voz alta es transparencia, no agresión. Los votantes merecen saber eso. Es su derecho.
Hay además una hipocresía que Colombia no puede ignorar. El mismo petrismo que hoy grita ‘intervención’ pasó cuatro años cultivando relaciones con Nicolás Maduro, un dictador que sí ha desplegado aparatos de inteligencia, financiando actores políticos y amenazado disidentes en Colombia. Las visitas, los abrazos, las coordinaciones diplomáticas con Caracas nunca fueron cuestionadas por los mismos que hoy denuncian que Trump escribió un trino. La soberanía, al parecer, solo aplica cuando la presión viene del norte.
El mundo que viene, el de los nuevos acuerdos comerciales, la competencia por inversión, la presión sobre el narco, la geopolítica del litio y la energía exige presidentes que puedan sentarse a negociar con socios poderosos en términos de igualdad y respeto mutuo. Esa capacidad se construye antes de llegar al poder. La red de relaciones que un candidato ha tejido, los gobiernos que confían en él, los que lo ven como un aliado confiable, todo eso es parte de su hoja de vida. Y los votantes tienen todo el derecho de evaluarla.
Colombia decide el 21 de junio, que lo haga con toda la información disponible, incluyendo la que viene de afuera, no debilita la soberanía la fortalece. Una democracia madura no le teme a las opiniones externas; las procesa, las contrasta y vota en libertad. Lo que sí debería preocuparnos no es que Trump opine, sino que haya candidatos cuya única respuesta al escrutinio internacional sea taparse los oídos y gritar soberanía.
