La socavación de la moral en las filas de la fuerza pública

Está situación de la que nadie en público habla pero que es incensurable en los cuerpos formados del Estado colombiano se esta alimentando una desmoralización de muchos de sus integrantes.

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Las Fuerzas Armadas colombianas tuvieron años de gloria entre 2002 y 2014, años en los cuales se recuperó no solamente la confianza entre la ciudadanía, el Estado y la fuerza pública, sino que se avanzó en la recuperación total de buena parte del territorio colombiano. Fue una guerra que no fue fácil, teniendo en cuenta que en su momento las guerrillas estaban a pocos kilómetros de los principales cascos urbanos del país y prácticamente todo el territorio veredal, y aproximadamente 8 de 32 departamentos ya estaban bajo el control de esas guerrillas.

Normalmente, y esto va mucho con la psicología y la lógica humana, el ser humano no se mueve en la vida solo a través de incentivos económicos, sino también por recompensas propias, aprecio, gratitud, lealtad y reciprocidad en su trabajo. No se trata solo de un asunto económico. Las personas que tienen vocación de servir al Estado en sus filas de defensa no lo hacen en primera medida por asuntos económicos, y muy grave sería si fuese así.

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Afortunadamente, no lo fue. Pero también es cierto que, para poner su vida en riesgo y exponer su humanidad, la de su familia, sus sueños, metas y anhelos, es necesario que reciban herramientas de defensa, inteligencia, protección jurídica y reciprocidad. No tiene sentido pelear una guerra cuando nadie valora ese trabajo.

Indudablemente, desde que se comenzó a negociar con las FARC a comienzos del año 2014, y sin desconocer las críticas sobre ese proceso, la moral de la fuerza pública comenzó a bajar y a desmoronarse. Si bien fue un gran logro del acuerdo la reducción histórica de muertos y heridos de nuestra fuerza pública, lo que vino después de eso ha borrado cualquier mínimo avance que se pudo alcanzar.

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Se iniciaron diálogos también con la guerrilla fratricida del ELN, que se dedicó a matar y secuestrar soldados y policías. Basta recordar el atentado contra la escuela de cadetes en Bogotá y el saldo que dejó, recién comenzaba el gobierno de Iván Duque. Toda esa ola terrorista comenzó en ese gobierno: disidencias de las FARC, Clan del Golfo nuevamente fortalecido y el ELN en su auge.

El gobierno de Iván Duque tuvo grandes deficiencias para enfrentar la criminalidad. No solamente se equivocó con el nombramiento de Guillermo Botero como ministro de Defensa, sino que quedó en una zona gris en cuanto al combate frontal contra la secuencia y al acuerdo de paz que todavía estaba fresco. Esa ambigüedad le costó a Duque grandes cifras en esa materia, y pudimos ver cómo el país sufrió un gran descontrol en distintos frentes, tanto urbanos como rurales. Las ciudades también se incendiaron.

Todo esto lo decimos porque lo que hoy pasa dentro de las filas de la fuerza pública no iniciada con este gobierno, pero se ha atenuado de manera grave. Podemos confirmar que ver cómo sus compañeros caen sin misericordia alguna, cómo son ultrajados, secuestrados, torturados y humillados sin una mínima defensa por parte del estado está destruyendo la moral de muchos miembros del Ejército, Armada, Policía y Fuerza Aérea.

La Fuerza Aérea ve cómo sus aeronaves no tienen mantenimiento; no hay presupuesto para ellas y se desploman desde el cielo con uniformados a bordo. La Fuerza Aérea tampoco tiene aviones para la defensa de su soberanía porque ningún gobierno quiso ejercer la obligación constitucional y prefirieron consultar de manera populista al pueblo. Hoy no tenemos aviones de defensa.

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Las fuerzas navales ven cómo pasan por sus narices barcazas, lanchas y patrullas de guerrillas a las cuales no pueden tocar porque hay acuerdos vigentes de no agresión. La policía ve cómo los ladrones que capturan son puestos en libertad de inmediata o cómo esos ladrones terminan matando a sus compañeros y quedan totalmente impunes. También los policías ven cómo su remuneración es cada vez más pobre, sus jornadas son más extensas y sus capacidades de reacción son mínimas.

En cuanto al Ejército, ya hablamos de las bajas. En otros cuerpos relacionados como el INPEC, la posible corrupción o la presunta corrupción de sus miembros también afecta la capacidad de actuar y ven cómo las amenazas se cristalizan contra quienes trabajan en centros penitenciarios.

El asesinato del coronel retirado en la 30 con 80 en Bogotá también envía mensajes negativos a los que tienen que cuidar a los presos. Hoy nos despertamos con un ataque en Jamundí a un lugar donde se hospedaban miembros de Carabineros de la policía. Volvemos a presenciar cómo el departamento del Cauca ya se perdió y el terrorismo está llegando a zonas conurbadas sin que nada pase.

Nos preguntamos si el Senado seguirá divagando en una moción de censura al ministro de Defensa. Desde esta tribuna, nos limitamos a decirle a la tropa, a la policía y a todos los miembros de la fuerza pública que no hay mal que dure 100 años, y que sus tiempos de gloria volverán muy pronto con la seguridad y la fe de una gran mayoría de colombianos que los admiran, respetan, protegen y agradecen.

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