La verdadera paz y su naufragio

Eduar Barbosa Caro. Columnista 360 Radio
Eduar Barbosa Caro. Columnista 360 Radio

Colombianos de todas las aceras políticas nos preguntamos qué habrá pasado con la paz que otros colombianos prometieron para los colombianos que han sufrido la guerra directamente y los que no. Ese concepto entronizado, más vetusto que la propia humanidad, ha sido caballo de batalla y conejillo de indias, puente y barranco, un anhelo y al mismo tiempo el más elusivo de los destinos.

Hechos, no sentimientos

En décadas recientes, nuestro país se ha ilusionado con la paz una y otra vez. Póngale el nombre que quiera: EPL, Quintín Lame, AUC, ELN, FARC-EP, M-19 (cuya bandera sigue apareciendo en marchas y vendiéndose afuera de universidades públicas) y la lista sigue. No es que no se haya querido la paz, es que parece que no se ha querido bien. O al menos eso han demostrado los violentos y quienes han caído en el torbellino de sus promesas incumplidas. Como un animal que regenera una de sus partes cuando se la cortan, así los grupos armados han vuelto a crecer, a dividirse, a multiplicarse como bacterias en una placa de Petri.

Ha sido un camino doloroso. Vamos saliendo de un gobierno donde hubo negociaciones fallidas, organizaciones ilegales fortalecidas y disidencias de las disidencias de las disidencias serpenteando por todo el país. Esta es una Medusa que el gobierno entrante tendrá que acabar si queremos disfrutar de los vientos de un cambio real, medible y que sobrepase las alocuciones televisadas.

No obstante, tal como escuché hace poco, no puede haber paz sin florecimiento. No es suficiente poner puño de hierro contra los delincuentes, mejorar y ampliar las capacidades de las Fuerzas Armadas y brindar oportunidades para quienes quieran aprovecharlas (aunque todo esto haya que hacerlo, por supuesto). Es necesario que exista un genuino proceso de pacificación, colectivo, coordinado y adecuadamente orientado, pero que asuma sus imperfecciones con claridad.

Tres ideas para reflexionar

El primer problema es pensar que el ser humano quiere la paz perfectamente y que somos plenamente capaces de lograrla. En realidad, existe un obstáculo titánico: nuestro corazón. Unos rumian en silencio la venganza, otros el hacer el mal sin ser descubiertos. Debemos admitir que la firma de un acuerdo no cambia lo que llevamos dentro, y por eso cualquier intento de paz que no arranque por el centro del problema ya empieza cojo.

En segundo lugar, necesitamos que se asuman las consecuencias de las acciones correspondientes. No solo podemos sino que debemos perdonar, pero el perdón no implica la exención de la pena ni tampoco la reconciliación. Abandonamos la intención de ahogarnos en el veneno del odio, pero no dejamos de lado que el que cometió un delito debe pagar proporcionalmente al daño infligido.

Al romperse dicha norma básica quebramos las posibilidades de una justicia que responda al derecho de las víctimas y a los actos de los victimarios. Parecería que construimos un puente, pero de hecho nos lanzaremos (¿o ya nos lanzaron?) a un barranco. Obrar con justicia sí haría que la dignidad se hiciera costumbre.

En tercer lugar,  es imperativo cuestionarnos por el futuro de un país donde la paz es querida por todos, pero con significados muy distintos. ¿Quién define la paz? ¿Quién tiene el derecho de decir cómo se ve? ¿De qué manera avanzamos la patria sin quedar apátridas y en manos de los delincuentes, en aras de cumplir el objetivo? Estas son preguntas que tendremos que (volver a) responder, porque da la impresión de que perdimos el examen y hay que hacer el de recuperación.

Seguimos teniendo esperanza

Colombia es un país que ha logrado levantarse una y otra vez. Hemos atravesado por guerras faraónicas, fenómenos naturales y tragedias mayúsculas que más bien podrían ser consecuencias previsibles. Pero levantarse no es igual a florecer: lo visto es simple supervivencia.

Un país que florece va madurando, acercándose poco a poco a un estado de bienestar que se ve y se siente, pero que presupone intenciones y acciones rectas de sus ciudadanos. Orden, libertad, verdad, moralidad elevada. Un país que florece no puede criticar a una ministra de educación, porque profesa la fe cristiana, mientras aplaude cualquier otra religión, incluyendo el satanismo y el ateísmo (porque incluso este último también tiene una cosmovisión que sus adeptos defienden a capa y espada). En buena medida, por ese doble rasero estamos como estamos.

En un poema de Jean Jacques Pierre-Paul, uno de los personajes pregunta cuántas vidas habría en una vida. Don Nicanor le responde que “hay dos vidas en la vida/el capitán y su naufragio”, y que la una no puede existir sin la otra. Un día creemos que llevamos el timón, viento en popa y mar calmo, pero al minuto siguiente todo se desbarata, con el escándalo de un vaso de metal cuando cae al suelo. Así le ha pasado a Colombia en ciclos aparentemente interminables.

La verdadera paz sigue naufragando en nuestro mundo político y social. Esto es así porque no habrá cierta medida de paz externa y comunitaria hasta que no tengamos la interna e individual primero. Ciertos sectores quisieran obviar esto, presumiendo que por naturaleza tenemos las mejores intenciones. Se equivocan. Primero necesitamos reconocernos como lo que somos, dar media vuelta y sacar la cabeza del agua: el aire limpio nos espera.

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