Desde 2007, el gobierno chino estrechó lazos con sus homólogos venezolanos, en plena presidencia de Hugo Chávez Frías. El país asiático prestaba dinero que sería devuelto en petróleo e inversión a la infraestructura. En 2013, al llegar Maduro al poder la política económica entre ambas naciones seguía siendo la misma.
Entre 2007 y 2017, el gobierno chino proporcionó cerca de 60.000 millones de dólares a Venezuela con las condiciones pactadas. Sin embargo, esto en vez de colaborar con el resurgimiento de la economía venezolana fue más bien una carga.
Esta alianza empezó a fortalecer la presencia de China en la región, siendo Venezuela la puerta de entrada para otros intereses del gigante asiático en la región. Por el otro lado, la deuda en Caracas empezó a generar incomodidad, por la dependencia casi absoluta a los chinos.
Tras la llegada de Maduro al palacio de Miraflores, se generó un punto en ciego en los informes de la inversión del préstamo chino en el país. Se estima que, en 2026, Venezuela debe cerca de 16 mil a 19 mil millones de dólares, de los cuales se desconoce el paradero o en qué han sido invertidos.

Tras el arresto de Maduro, China empezó a preocuparse por su inversión en el país, con la entrada de los Estados Unidos en Venezuela hay una disputa no declarada por el crudo del país latinoamericano.
De esta forma, Venezuela se convierte en el país donde la guerra económica actual (entre Washington y Pekín) se resume y los intereses de ambas potencias se chocan tras la caída del régimen de Maduro.
El dinero chino sí financió en parte cierta infraestructura en varias regiones venezolanas, a cambio del crudo del país, lo cual ayudó a consolidar a China como potencia del siglo XXI.
Los Estados Unidos protege sus intereses en América Latina colocando sanciones a Venezuela para mitigar el crecimiento de China, con la entrada directa de la Casa Blanca en Caracas el país entra en tensión con su anterior prestamista.
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