Medellín suele descubrir sus problemas cuando ya son una crisis. Entonces se llenan las mesas de soluciones inmediatas, únicas y atropelladas para un asunto que tardó años en incubarse. El Parque Lleras es el último ejemplo. El Colombiano reportó este fin de semana que, según Asobares, de 24 establecimientos afiliados en la zona quedan siete, y que hay comerciantes con ventas hasta 90 % menores. La reacción previsible será buscar un culpable único: los operativos, las drogas, los turistas, los arriendos. El diagnóstico verdadero es menos cómodo.
Una crisis que se dejó incubar
En 360 Radio creemos que las crisis, bien aprovechadas, son necesarias para mejorar e incluso para un renacer. Se desperdician cuando la ciudad solo reacciona al estallido. Según El Colombiano, el deterioro de la zona se consolidó desde 2020, y las respuestas llegaron tarde. Las cifras que la Administración Distrital atribuye a la explotación sexual de menores en el Lleras, 298 víctimas en 2021, 197 en 2022 y 240 en 2023, hablan de un problema que nadie atendió a tiempo.
Hoy el Plan Lleras, vigente desde marzo de 2024, intenta corregirlo con operativos de Policía, Ejército y Migración. Lo respaldamos. Hay que luchar frontalmente contra la explotación de niños, confrontar directamente el expendio de drogas y apoyar a las autoridades cuando cierran comercios que cometen delitos.
El patrón es conocido. Un problema se tolera mientras no incomoda, se discute cuando ya es un escándalo y se intenta resolver con una sola receta aplicada a toda la zona. Esa receta única casi nunca distingue entre el negocio formal que lleva dos décadas y el que abrió hace seis meses con otros propósitos. Por eso termina golpeando a quienes menos lo merecen.
Ni todos son buenos ni todos son malos
Pero la mano dura no puede ser una brocha gorda. Siempre hemos sido amigos del empresariado, y aquí hablamos de comerciantes que llevan muchos años en el Lleras y en Provenza, que han generado empleo, han invertido y han promovido a Medellín en muchos momentos. No todos los establecimientos promueven la prostitución ni todos venden drogas. Generalizar es injusto y además es ineficaz.
Lo sensato es sentarse con los comerciantes más tradicionales de la zona, entender qué pasó y qué tipo de personajes han llegado en los últimos cinco años. Se han hecho denuncias, algunas de las cuales mencionarían incluso a políticos, que merecen una investigación seria. Este medio no las da por probadas, pero la ciudad no puede seguir ignorándolas.
Una suma de causas, no una sola
Atribuir el vacío del Lleras solo a los operativos sería tan simplista como atribuirlo solo a las drogas. Los habitantes de Medellín, y muchos colombianos que la visitan, tampoco van hoy a Provenza, y casi tampoco a la zona comercial de Laureles. Se han quedado en los centros comerciales, se han ido al Alto de Palmas, al oriente o a restaurantes fuera del área metropolitana. Las razones que se escuchan son varias: drogas, prostitución, congestión vial, ruido, precios excesivos y, a veces, mala calidad de la comida. La zona rosa de la ciudad no perdió público por una causa, sino por la suma de todas. Es un monstruo de muchas cabezas, y cortar una sola no lo mata.
El turismo, además, ha bajado. El informe de la Alcaldía para el primer semestre de 2026 muestra que el gasto de extranjeros con tarjeta cayó 18,2 %, que la ocupación hotelera promedió 59 %, seis puntos y medio menos que un año antes, y que El Poblado concentra 44,5 % de la facturación de extranjeros no residentes. El dólar tocó un mínimo de $3.221, el más bajo desde 2019, y eso encareció el destino para el visitante estadounidense, el más numeroso.
Pero la tasa de cambio no lo explica todo. Si somos francos, la promesa de calidad de vida de Medellín se ha ido desvirtuando. Hay congestión vial, un transporte público al límite, arriendos de vivienda y de oficinas desaforados, hechos de seguridad preocupantes, una primavera que ya es historia y una ciudad cada vez más calurosa y poco caminable. Para el visitante, además, el catálogo de atractivos es menor del que se vende. Con el tiempo, el encanto se gasta, como ha pasado en otros destinos de moda, entre ellos Tulum.
Las modas pasan, las ciudades se quedan
Medellín siempre ha sido una ciudad de modas. Restaurantes, bares y discotecas tuvieron su mejor momento y desaparecieron al año o a los dos. Hay que entender y respetar las dinámicas del mercado, y aceptar que no todo local que cierra es una víctima ni todo operativo es un villano. Lo que sí le corresponde a la ciudad es lo que el mercado no hace por sí solo: recuperar espacios culturales, sociales y físicos, recuperar los parques que se perdieron, construir nuevos y avanzar en una identidad que no dependa de la moda ni de la fiesta.
Una crisis es útil si obliga a pensar a largo plazo. Si Medellín responde solo con sellos y comparendos, vendrá la siguiente. Si la usa para hacer lo que ha postergado, que es escuchar a sus comerciantes, castigar a los delincuentes sin generalizar y decidir qué ciudad quiere ser, el Lleras podrá ser el comienzo de un renacer. Las ciudades sin norte siempre llegan tarde.
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