Colombia rechaza la anarquía y la destrucción

La protesta social es un derecho que debe ser garantizado por las autoridades, pero tiene que ser pacífica; cualquier cosa que se salga del molde debe ser proscrita por las autoridades y rechazada por la gente de bien.


Por: Saúl Hernández Bolívar

Después de todo lo que ha pasado, es increíble que el gobierno les dé luz verde a nuevas marchas de protesta como las que fueron programadas para hoy, 21 de septiembre. Nadie discute que la protesta social es un derecho que debe ser garantizado por las autoridades, pero la protesta tiene que ser pacífica; cualquier cosa que se salga de ese molde debe ser proscrita por las autoridades y rechazada por la gente de bien, como se ha visto tras los desmanes de los días 9 y 10 de septiembre en varias ciudades del país.

En efecto, es tranquilizador ver que los colombianos le perdieron el miedo a esa horda de criminales que no pierde oportunidad para tratar de quemarlo todo. En Bogotá, decenas de comunidades se volcaron a sus CAI para desagraviar a los patrulleros de policía con toda clase de homenajes y actos de agradecimiento, y para reparar en lo posible estos centros de atención enquistados en los barrios, que prestan servicios invaluables desde hace 40 años.

Vecinos de todas partes han recogido contribuciones para pintar los CAI, arreglar puertas y ventanas, y reparar la iluminación y las conexiones eléctricas y de comunicaciones, entre otros aspectos.  Mientras la alcaldesa de Bogotá se empecina en negar la conexión entre las guerrillas y las protestas, cosa que ella misma había denunciado en el mes de febrero, la empresa barranquillera Tecnoglás se comprometió a donar todos los vidrios blindados que requieran los CAI de la capital. Lo único que han pedido es que les manden las medidas para irlos recortando. Es que mientras unos destruyen el país, otros lo construyen desde sus cenizas, si es necesario.

En Antioquia, que ha sido la región más golpeada por las guerrillas, pero también la más refractaria a estos proyectos liberticidas, la gente de bien se les rebeló a los guerrilleritos de cuaderno. En Medellín, amigos de la Fuerza Pública y comerciantes se trenzaron en un intercambio de palabras con vándalos que pretendían atacar el comando de la Policía Metropolitana. En Envigado, un grupito de revoltosos que se acercaron a protestar frente al CAI del parque principal fue neutralizado por la comunidad, molesta porque días atrás un sujeto lanzó una bomba incendiaria al interior de ese comando policial. Lo curioso es que a estos vándalos les tocó pedir ayuda y protección a la misma policía. Y, en Itagüí, una bien planificada asonada fue desbaratada entre la policía y la comunidad, que se encargó hasta de capturar sujetos que portaban bombas incendiarias y entregárselos a las autoridades sin lastimarlos, pero ya dando señales de que la paciencia de la ciudadanía se está perdiendo.

En todos estos casos se ha oído una voz común diciendo que los CAI son de la comunidad y que la gente está dispuesta a muchas cosas para impedir que los destruyan. Para todos está claro que atacar a la Policía es una estrategia de los bandidos para generar indefensión en la ciudadanía y dejarla en sus garras, a merced de sus planes. No sobra recordar que a Pablo Escobar le estorbaba tanto esa institución, que no solo dinamitó decenas de CAI en Medellín, sino que asesinó a más de mil agentes de manera indiscriminada. ¿Eso es lo que quieren repetir las milicias guerrilleras y sus idiotas útiles?

La reacción ciudadana se ha suscitado en gran medida por el convencimiento de que estas no son marchas y protestas pacíficas que derivan en violencia al ser infiltradas por agentes de organizaciones anarquistas, sino que se trata del eje central de una estrategia fraguada para sembrar el caos y la desestabilización en el marco de la combinación de todas las formas de lucha ejercida por las guerrillas revolucionarias. Es decir, en las marchas no hay infiltrados que siembran el desorden; las marchas son de las guerrillas y los infiltrados son, más bien, algunos estudiantes ingenuos que se dejan llevar de cabestro a hacer bulto ahí, como idiotas útiles.

¿O alguien ha visto en los desórdenes a un ama de casa quemando un bus o a un pensionado reventado vidrios de la fachada de un banco? Tiene razón el general Gustavo Moreno cuando dijo que lo que se pretendió fue perpetrar un nuevo «bogotazo»: no sobra mencionar la participación en 1948 de agentes de la izquierda internacional que llegaron a sabotear la IX Conferencia Panamericana. Entre ellos estaba nada menos que Fidel Castro, quien se hizo a una escopeta y participó activamente en la revuelta.

Que los colombianos no se equivoquen: o saltamos al vacío que nos ofrecen estos criminales o hacemos respetar nuestro patrimonio para seguir adelante. Que nadie se meta con nuestras empresas, con nuestras instituciones, con nuestros medios de transporte, con nuestra cultura, con nuestras iglesias, con nuestras tradiciones… Los bandidos juegan a destruirlo todo para generar el descontento de la gente hacia el Estado, hacia el Gobierno, hacia el sistema imperante; pero las Farc, el ELN y demás amiguetes, olvidan que la gente los detesta más que a nadie, por lo que esa estrategia les podría salir muy mal: les podría salir el tiro por la culata.

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