Colombia va a cerrar el 2026 con el peor nivel de deuda pública de su historia reciente, si dejamos por fuera los años de pandemia. Estamos hablando de 63.4% del Producto Interno Bruto, con un déficit fiscal que las proyecciones ubican entre 6.5% y 7% del PIB. En abril, además, la liquidez disponible del Gobierno cayó a apenas 10.2 billones de pesos, cuando el promedio histórico para ese mes suele ser de 33 billones. Y este año vencen 63 billones de pesos en deuda interna que hay que pagar o refinanciar. Esa es la fotografía fiscal del país en este momento. Mientras tanto, bajo tierra, hay yacimientos capaces de duplicar o triplicar las reservas de petróleo y de multiplicar varias veces las de gas. Y sin embargo llevamos más de una década discutiendo si los tocamos, no con datos, sino con consignas. Este editorial no pretende ser un panfleto a favor del fracking. Pretende, más bien, poner sobre la mesa la evidencia disponible y desmontar, uno por uno, los mitos que han dominado el debate.
Empecemos por el primer mito: que el fracking contamina de forma directa e inevitable el agua potable. La fracturación hidráulica ocurre, típicamente, entre 2.000 y 4.000 metros de profundidad. Los acuíferos en Colombia, en cambio, suelen estar entre 100 y 250 metros, separados de esa profundidad por gruesas capas de roca impermeable. Es cierto que existen casos documentados de contaminación en Estados Unidos, reales y bien estudiados. Pero esos casos se han asociado, en su gran mayoría, a fallas en el revestimiento y la cementación de los pozos. Es decir, a defectos de ingeniería y de supervisión regulatoria, no a una propiedad inherente de la técnica. Ese riesgo, que también existe en la perforación petrolera convencional, se controla de la misma manera: con normas estrictas de construcción de pozos, inspección independiente y monitoreo permanente de los acuíferos.
El segundo mito es que el fracking provoca terremotos catastróficos. Aquí conviene ser preciso, porque la evidencia internacional muestra algo distinto. La microsismicidad que genera la fracturación misma suele ser de magnitud tan baja que resulta casi siempre imperceptible en la superficie. Los episodios más severos que se han documentado en el mundo, como los de Oklahoma, están ligados principalmente a los pozos de disposición de aguas residuales y a la reactivación de fallas geológicas preexistentes. En otras palabras, no es un fenómeno aleatorio, sino un riesgo geotécnico conocido que se identifica con estudios previos y se evita eligiendo bien dónde se perfora.
Tercer mito: que se trata de una tecnología nueva y sin historial. Y esto es sencillamente falso. La fractura hidráulica se usa en Estados Unidos desde los años cuarenta, y desde comienzos de los años 2000, combinada con la perforación horizontal, transformó a ese país de importador neto de gas al mayor productor y exportador de gas natural del planeta. Argentina, con Vaca Muerta, pasó en pocos años de importar gas a exportarlo. Así que no es un experimento: es la tecnología que hoy sostiene buena parte de la matriz energética de Occidente.
Cuarto mito: que todo el beneficio se lo llevan las multinacionales y al país no le queda nada. Y aquí entra el argumento financiero central. Ecopetrol, que es de mayoría estatal, transfirió a la Nación cerca de 35 billones de pesos en dividendos, impuestos y pagos a la Agencia Nacional de Hidrocarburos. Eso equivale a casi 7% del Presupuesto General de la Nación, a 42% de toda la inversión pública del país, y a más de la mitad de lo presupuestado para pensiones. Y ese dinero lo generó solo la producción convencional, la que ya tenemos y se está agotando. Los combustibles y la industria extractiva representan hoy 33% del valor total de las exportaciones colombianas. Entonces, si las reservas no convencionales permiten, según estima la propia Agencia Nacional de Hidrocarburos, sumar entre 2.400 y 7.400 millones de barriles adicionales de petróleo y multiplicar varias veces el gas disponible, estamos hablando de una fuente de ingresos fiscales que Colombia, con una deuda al 63.4% del PIB, no puede darse el lujo de dejar bajo tierra por razones ideológicas.
Quinto mito: que el mundo entero está abandonando el fracking. Tampoco es cierto. Estados Unidos sigue siendo el mayor productor de petróleo y gas de esquisto del planeta, y esa industria continúa expandiéndose. Ahora bien, para no caer en el fanatismo del otro extremo, hay que reconocer que el gas, el principal producto del fracking colombiano, funciona sobre todo como combustible de transición: emite menos que el carbón y el diésel, y puede convivir con la meta de descarbonización de largo plazo.
Dicho esto, negar que existen riesgos reales sería igual de deshonesto. La propia Comisión de Expertos que convocó el gobierno de Iván Duque en 2019, con trece especialistas y tres meses de estudio, concluyó en un informe de 273 páginas que Colombia no tenía entonces la información de línea base necesaria sobre aguas subterráneas, riesgo sísmico y ecosistemas para saltar directo a la explotación comercial. Por eso recomendó hacer primero proyectos piloto de investigación, y advirtió que la licencia social, el respaldo real de las comunidades, era condición necesaria y no un simple trámite. Y esa recomendación sigue siendo, seis años después, la posición más sensata: ni prohibición ideológica, ni luz verde ciega.
Por eso la tesis de 360RADIO es esta: el fracking no se decide por fe, ni a favor ni en contra. Se decide con pilotos técnicos bien ejecutados, con información de línea base seria, con consulta previa donde corresponda, con monitoreo ambiental independiente y, sobre todo, con la honestidad de reconocer que Colombia enfrenta hoy una urgencia fiscal que ya no admite el lujo de la parálisis. Los mitos que han dominado esta discusión durante quince años no resisten la evidencia disponible. Lo que sí resiste es la matemática: un país con la deuda más alta de su historia reciente y con reservas de hidrocarburos que se le agotan, sentado además sobre un yacimiento que podría cambiar esa ecuación, ya no puede seguir llamando prudencia a la indecisión.
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