Por: Columnista anónimo
Una noche me encontraba contando historias a mi hija de nueve años antes de dormir, ella con cara de asombro escuchaba atentamente sobre un lugar con unas características únicas; La montaña más alta del mundo a orillas del mar, ahí vive un grupo de personas con una visión muy diferente a la nuestra, le dije.
Para ellos esa montaña es sagrada, la consideran el corazón del mundo y por eso dedican sus vidas a cuidarla y sobre todo a agradecer por todo lo que les brinda. El agua, el viento, la tierra, los animales, las frutas. Cosas que nosotros, «los hermanos menores » como ellos nos llaman, damos por sentadas.
Entre nosotros, los occidentales y ellos, los Koguis, una tribu indígena de aproximadamente diez mil integrantes que habitan las montañas de la Sierra Nevada existen muchas diferencias, pero quizás la que más nos separa, es la manera como relatamos el inicio del universo. Para los católicos occidentales Dios hizo el mundo en seis días, después creó a Adán y Eva, la primera pareja de seres humanos y les puso a disposición todas las plantas y criaturas de la naturaleza para su disfrute, pero Dios se enfadó, los echó del paraíso y los condenó a sufrir y a trabajar en la tierra por el resto de los días.
En cambio, los Koguis creen que en el inicio solo estaba el mar, todo era oscuro; no había sol, ni luna, ni animales, ni plantas. El mar era la madre.
Eran los tiempos de Alúna, es decir, espíritu y pensamiento; en algún punto decidió crear todas las cosas e hizo a los hombres para que las protegiera. Por eso su función principal es ser los guardianes del planeta.
Con su mirada perdida mi hija parecía que estaba imaginando cada palabra que yo pronunciaba, de repente preguntó: ¿quién tiene la razón?
Cada cultura tiene su propia manera de interpretar la vida, le dije; cuentan con relatos que les ayuda a entender el mundo y a relacionarse con las demás personas y el entorno.
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Se quedó en silencio unos instantes, sus ojos brillaban como si acabara de descubrir algo valioso, ¿es decir que de todas las personas que vivimos en este planeta ninguna en realidad sabe porque está acá? y ¿cada uno se inventa algo para entenderlo?
Me quedé sin palabras reflexionando sobre estas preguntas tan profundas.
En realidad, así es, le dije; pero más que inventar, las personas interpretan el mundo dependiendo de la cultura donde crecen. Lo grave es que la forma de ver el mundo de nuestra cultura está generando problemas al planeta. ¿Por qué lo dices? Preguntó.
Como creemos que Dios puso a nuestra disposición toda la naturaleza, pensamos que tenemos el derecho a explotarla y destruirla, si es necesario para satisfacer nuestras necesidades y no solo las básicas como la comida, el agua y el techo; sino que queremos cada vez más. Para lograrlo hemos emprendido una carrera que no tiene fin, donde sacrificamos nuestra vida, nuestra familia y la naturaleza misma por unas monedas. El dinero se ha convertido en nuestro nuevo Dios y los centros comerciales son sus templos.
¿Qué podemos hacer? Pregunto preocupada. Conversar, le dije; así es como nos han transmitido la cultura y así es como podemos cambiarla, hablando, cuestionando, preguntando, así como lo estamos haciendo; esa es la mejor solución, nos ayuda a tomar conciencia de cómo nuestra cultura influye en la forma como nos relacionamos con nuestro entorno y nos invita a buscar nuevos relatos, otras formas de entender el mundo que nos permita convivir en armonía con la naturaleza y con nosotros mismos.
Esto, hija mía, es nuestro mayor reto.
