Hay una batalla que comenzó antes de que supieras que estabas en ella. No se libra en las montañas ni en los territorios donde los grupos armados disputan el control del Estado a sangre y fuego. Se libra en un salón de clases, bajo luz fluorescente, a las ocho de la mañana, frente a un estudiante que todavía cree que pagó matrícula para aprender. Entendí hace tiempo que el activo más valioso en cualquier batalla no es la fuerza sino el criterio. Que quien ha desarrollado la capacidad de pensar por sí mismo, de cuestionar lo que le dicen, de no tragarse entero el primer relato que le sirven en bandeja, tiene una ventaja que ningún músculo puede compensar. Entendí también, con el tiempo y con la rabia que produce entender ciertas cosas, que precisamente por eso hay quienes llevan décadas intentando secuestrar ese criterio antes de que termine de formarse.
Antonio Gramsci lo entendió antes que nadie. El teórico marxista italiano, escribiendo desde la cárcel en los años treinta, llegó a una conclusión que la izquierda latinoamericana adoptó con una disciplina que sus adversarios jamás igualaron: que el poder político duradero no se toma por asalto sino por sedimentación cultural. Que antes de ganar las elecciones hay que ganar las universidades, los medios, las iglesias, los sindicatos, las aulas. Que la hegemonía cultural precede a la hegemonía política y la hace posible. Que si logras controlar el relato con el que una generación interpreta el mundo, esa generación votará, gobernará y legislará desde ese relato sin siquiera saberlo. Lo llamó la guerra de posiciones. Y en América Latina, la izquierda la viene ganando desde hace décadas mientras la derecha discutía en el Congreso.
El resultado más eficaz de esa guerra no son los gobiernos populistas que ha producido. Son las aulas universitarias que los producen a ellos.
Existe en Colombia, como en toda América Latina, una red de instituciones educativas donde la agenda ideológica ha desplazado a la formación intelectual con una naturalidad que ya no escandaliza a nadie porque lleva tanto tiempo instalada que se confunde con la normalidad académica. Y en esa red, hay un actor que merece atención particular: la Compañía de Jesús. Los jesuitas, fundados por Ignacio de Loyola en el siglo XVI como la vanguardia intelectual de la Contrarreforma católica, construyeron a lo largo de los siglos una de las redes educativas más poderosas del mundo. Universidades, colegios, centros de pensamiento en todos los continentes. Una tradición que en sus mejores momentos produjo rigor intelectual, pensamiento crítico genuino y una formación humanista que el mundo occidental le debe en parte a ellos.
Y sin embargo, en América Latina, buena parte de la Compañía de Jesús abrazó en el siglo XX algo que sus fundadores no habrían reconocido: la Teología de la Liberación. Esa fusión peculiar entre el Evangelio y el análisis marxista de la historia que encontró en la figura del pobre oprimido por el sistema capitalista el nuevo Cristo crucificado, y en la revolución social su resurrección. Jon Sobrino, Ignacio Ellacuría, toda una generación de jesuitas que reinterpretaron la misión evangelizadora como misión revolucionaria y que instalaron esa reinterpretación en el corazón de sus instituciones educativas. El resultado es una doble moral que raya en lo obsceno: instituciones que cobran matrículas de élite, que forman a los hijos de las clases acomodadas, que ostentan rankings internacionales y reputaciones centenarias, mientras en sus aulas enseñan que esa misma élite que las financia es la responsable de todos los males de la historia. Guerrilleros con sotana y con cuenta bancaria. Revolucionarios que viven de la estructura que dicen querer destruir.
Y la evidencia no es abstracta.
En una universidad jesuita existe una clase cuyo nombre promete el diálogo entre la fe y la comprensión del mercado. Lo que el parcial entrega es otra cosa. No hay en él una sola pregunta sobre economía, sobre teoría del mercado, sobre los mecanismos reales que producen prosperidad o pobreza. Lo que hay son afirmaciones ideológicas disfrazadas de preguntas académicas a las que el estudiante debe responder correctamente so pena de reprobar. El capitalismo, según este parcial, niega al sujeto reduciéndolo a una mercancía. El fundamentalismo neoliberal conduce, textualmente, a la muerte lenta, la exclusión metódica y el genocidio silencioso. Colombia está fragmentada por el Estado y por la exclusión de la élite. Y las FARC, esa organización criminal que durante décadas secuestró, asesinó, reclutó niños a la fuerza y financió su proyecto con toneladas de cocaína, aparecen en este parcial con un origen marginal que las contextualiza, que las humaniza, que las inserta en una narrativa de exclusión y resistencia antes que en una de terror y crimen organizado.
Eso no es teología. Eso no es análisis del mercado. Eso es catecismo ideológico con nota de calificación.
Quiero detenerme en la acusación al neoliberalismo porque merece una respuesta que rara vez recibe en estos salones. El libre mercado no es una fe ciega en la infalibilidad del capital. Es el reconocimiento, respaldado por la evidencia histórica más contundente disponible, de que ningún sistema económico ha sacado a más personas de la pobreza en menos tiempo. Que entre 1990 y 2020 el porcentaje de la humanidad viviendo en pobreza extrema cayó del treinta y seis por ciento al diez por ciento, y que esa caída ocurrió precisamente en los países que abrieron sus mercados, protegieron la propiedad privada y permitieron que el precio coordinara la actividad económica. Que Friedrich Hayek tenía razón cuando advirtió que la planificación centralizada no fracasa por mala ejecución sino por imposibilidad epistémica: ningún planificador puede conocer la información dispersa en millones de decisiones individuales que el mercado procesa espontáneamente. Que los países que siguieron el camino contrario, los que eligieron el socialismo real sobre el capitalismo imperfecto, produjeron exactamente lo que la historia registra: Cuba, Venezuela, la Unión Soviética, Corea del Norte. No genocidio silencioso. Genocidio documentado, con nombres y con fosas.
La agenda woke que hoy coloniza las universidades latinoamericanas es la versión posmoderna del mismo proyecto gramsciano con vocabulario actualizado. Ya no habla de lucha de clases sino de opresión sistémica. Ya no habla de burguesía sino de privilegio. Ya no habla de revolución proletaria sino de deconstrucción. Pero el mecanismo es idéntico: dividir a la sociedad en grupos de opresores y oprimidos, convencer a los segundos de que su condición es consecuencia del sistema y no de sus decisiones, y proponer como única solución el desmantelamiento de las instituciones que hacen posible la libertad individual. Es el mismo veneno en un frasco diferente, y resulta igualmente tóxico para las sociedades que lo ingieren.
Lo más perverso de este reclutamiento intelectual es su comparación con el reclutamiento físico. Las FARC pusieron fusiles en las manos de niños colombianos en la selva, y eso es un crimen que el mundo condenó con justicia. Pero hay otra forma de reclutamiento que no deja rastro en los registros de menores combatientes, que no genera titulares de prensa, que no produce imágenes que escandalicen a la comunidad internacional: convencer a un joven de dieciocho años en un salón de clases de que el sistema que lo rodea es un genocidio silencioso y que quienes se levantaron contra él tuvieron razones comprensibles. No le están poniendo un fusil en las manos. Le están poniendo una idea en la cabeza. Y las ideas bien sembradas, como Gramsci sabía perfectamente, hacen el mismo trabajo con mayor eficiencia y menor costo. Por eso, este es un manifiesto tanto como una denuncia.
A los estudiantes: no traguen entero. Nunca, ningún profesor, por más autoridad que proyecte, tiene el derecho de sustituir su criterio por el suyo. Cuando una pregunta de parcial les pide que concluyan algo en lugar de que piensen algo, cuando la nota depende de reproducir una ideología y no de demostrar comprensión real, tienen no solo el derecho sino la obligación intelectual de cuestionarlo. Lean a Hayek y a Friedman tanto como les enseñan a leer a Marx. Lean a Thomas Sowell sobre las falacias de la justicia social. Lean a Roger Scruton sobre lo que vale la pena conservar y por qué. Busquen las fuentes primarias. Escuchen las voces que el relato dominante en sus universidades descarta como reaccionarias, no para creerles ciegamente sino para tener la materia prima suficiente para pensar por cuenta propia. El criterio no se desarrolla en la comodidad de una sola versión. Se desarrolla en la incomodidad honesta de varias.
A los padres: pregunten qué están aprendiendo sus hijos. No el pensum, no las materias. Pregunten qué conclusiones están sacando sobre el mundo, qué versión de la historia les están construyendo semestre a semestre. La matrícula más cara del país no es un escudo contra el adoctrinamiento. Es, a veces, precisamente la puerta de entrada más elegante.
Y a la sociedad: una democracia que no puede garantizar que sus universidades sean espacios de pensamiento genuinamente libre está sembrando las condiciones de su propia erosión. Los jóvenes que hoy aprenden que el capitalismo es genocidio y que las guerrillas tuvieron origen marginal son los jueces, los periodistas, los funcionarios y los políticos de mañana. Lo que les sembremos hoy en el aula lo cosecharemos todos dentro de veinte años.
Colombia acaba de ganar una batalla electoral. Pero las batallas electorales se ganan cada cuatro años. La batalla cultural se gana o se pierde todos los días, en cada salón de clases, en cada pregunta de parcial, en cada estudiante que decide pensar por sí mismo en lugar de simplemente escribir lo que le van a calificar bien.
Esa batalla no está ganada. Y mientras no lo esté, el fusil y el pupitre seguirán apuntando en la misma dirección.
Por: Juan Diego Vélez Forero -@juandiegovelezf
