El aumento del salario mínimo por encima del 23% reabrió uno de los debates económicos más sensibles en Colombia. La discusión enfrenta dos visiones: quienes consideran que es una medida necesaria para mejorar el poder adquisitivo y quienes advierten sobre sus efectos en empleo, inflación y finanzas públicas.
El incremento impacta directamente a millones de trabajadores formales que devengan el salario básico, pero también tiene efectos indirectos en contratos, servicios y obligaciones que se indexan a este ingreso.
Aumento del salario mínimo en Colombia: efectos económicos y sociales de un alza superior al 23%

Uno de los principales puntos a favor es la recuperación del poder adquisitivo. En un contexto de inflación acumulada y aumento del costo de vida, un ajuste significativo busca acercar el salario a lo que distintos sectores llaman “salario digno”, capaz de cubrir necesidades básicas como alimentación, transporte y vivienda.
También se plantea que mayores ingresos en los hogares pueden dinamizar el consumo interno. Cuando las familias cuentan con más recursos, tienden a gastar más en bienes y servicios, lo que impulsa sectores como el comercio, la industria y los servicios. Desde esta perspectiva, el aumento podría tener un efecto positivo en la economía a corto plazo.
Otro argumento es la reducción de la desigualdad. Un alza sustancial del salario mínimo puede disminuir la brecha de ingresos entre trabajadores de menores recursos y quienes tienen salarios más altos, fortaleciendo la cohesión social y reduciendo la pobreza laboral.
En contraste, varios analistas económicos advierten que un aumento superior al 23% puede generar presión sobre las empresas, especialmente las pequeñas y medianas. El encarecimiento de la nómina podría llevar a algunas compañías a frenar contrataciones, reducir personal o trasladar mayores costos a los consumidores.
Existe además preocupación por el impacto en el empleo formal. Cuando los costos laborales suben de forma acelerada, algunas empresas pueden optar por la informalidad o la automatización para compensar el incremento.
Otro punto crítico es la posible presión inflacionaria. Si los negocios trasladan el mayor costo laboral a los precios finales, el efecto positivo del aumento podría diluirse con el tiempo, reduciendo nuevamente el poder adquisitivo real.
Desde el frente fiscal también hay inquietudes. En Colombia, varios pagos y obligaciones del Estado están atados al salario mínimo, lo que implica que un incremento elevado puede aumentar el gasto público y afectar el equilibrio de las cuentas nacionales.
La discusión sobre el salario mínimo no es nueva, pero cada año cobra mayor relevancia en medio de los retos económicos del país. Mientras algunos lo consideran una herramienta clave para mejorar la calidad de vida, otros insisten en que los ajustes deben guardar coherencia con la productividad y el crecimiento económico.
El desafío está en encontrar un equilibrio entre proteger el ingreso de los trabajadores y mantener la estabilidad empresarial y macroeconómica. Subir el salario mínimo más del 23% es una decisión con efectos amplios que trascienden la nómina y se proyectan sobre empleo, precios y finanzas públicas.
