Hubo una época en la que yo creía tener siempre la razón. Defendía mis ideas con la seguridad de quien no tiene nada que aprender de los demás y me costaba aceptar que alguien pudiera pensar de una manera distinta a la mía. Si alguien me llevaba la contraria, me parecía que era esa persona la que tenía que revisar sus convicciones. Con los años he aprendido algo que no siempre resulta fácil admitir. Uno puede pasar buena parte de su vida convencido de que está en lo cierto y descubrir, mucho después, que también estaba equivocado. Sigo teniendo mis principios y defendiendo mis ideas, pero ya no creo que los demás tengan que pensar como yo para merecer mi respeto.
Quizá por eso me inquieta tanto lo que está pasando en Colombia. En la primera vuelta voté por Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. En la segunda voté por Abelardo de la Espriella porque no quería que Iván Cepeda, heredero político de Gustavo Petro, llegara a la Presidencia. Tomé una decisión pensando en lo que consideraba mejor para el país. Hoy, después de poco más de dos meses de gobierno, me pregunto si no habría sido preferible votar en blanco. Lo digo sin rodeos, aunque a algunos les incomode escucharlo. No puedo regresar a las urnas y cambiar mi voto, pero tampoco voy a pasar los próximos años defendiendo aquella decisión para demostrar que tenía razón. Voté por De la Espriella. Asumo mi responsabilidad. Lo que no hice fue entregarle mi conciencia.
Lo ocurrido en el Museo Nacional terminó de encender mis alarmas. El Gobierno ordenó retirar alrededor de treinta piezas relacionadas con la historia del conflicto armado, las luchas feministas, la comunidad LGBTIQ+ y distintos momentos de la vida política colombiana. Entre ellas estaban la bandera del orgullo gay que perteneció a la activista Elizabeth Castillo, un afiche de la campaña presidencial de Bernardo Jaramillo Ossa, un afiche de Carlos Pizarro, el balígrafo utilizado para firmar el Acuerdo de Paz de 2016 y el tarjetón de la Séptima Papeleta. No estamos hablando de objetos sin historia. Son piezas que ayudan a entender quiénes hemos sido, qué nos ha ocurrido y cómo llegamos hasta aquí. Un Gobierno puede tener sus propias interpretaciones del pasado, pero me preocupa que pretenda librar una batalla ideológica vaciando las paredes de un museo. La historia colombiana tiene demasiadas heridas como para que ahora también queramos esconder sus rastros.
No tengo ninguna intención de convertir a los antiguos guerrilleros en héroes. El M-19 tomó las armas, cometió actos violentos y dejó víctimas. Carlos Pizarro fue uno de sus comandantes y no voy a desconocer lo que esa organización significó para el país. Siempre he criticado que se presente la lucha armada como una hazaña o que los jóvenes salgan de los colegios creyendo que la violencia es una manera legítima de conquistar el poder. Pero también hay una historia que debemos contar completa. El Estado colombiano negoció la paz con el M-19, sus integrantes dejaron las armas y pudieron participar en política. Pizarro llegó a ser candidato presidencial y fue asesinado en 1990. Podemos discutir durante años si aquella negociación fue acertada, si hubo demasiadas concesiones o si debieron exigirse otras responsabilidades. Lo que no podemos hacer es borrar los hechos que nos incomodan y esperar que las nuevas generaciones comprendan el país mirando solamente aquello que un Gobierno considera conveniente mostrarles.
Quiero que los jóvenes sepan quién fue Pizarro, qué hizo el M-19, qué daños causó y por qué se negoció la paz. Quiero que conozcan también a sus víctimas y entiendan el precio que Colombia ha pagado por la violencia. Eso es enseñar historia. Retirar una pieza de un museo no cambia lo ocurrido ni hace desaparecer las responsabilidades de quienes participaron en esos acontecimientos. Al contrario, nos priva de una oportunidad para explicar, preguntar y discutir. Si una sociedad quiere aprender de su pasado, necesita mirarlo de frente, incluso cuando lo que encuentra le produce rabia, vergüenza o dolor.
Lo mismo pienso de las piezas relacionadas con las mujeres y la comunidad LGBTIQ+. Ser homosexual no convierte a nadie en menos ciudadano ni le quita sus derechos. Son personas que trabajan, estudian, tienen familias y merecen vivir en libertad, sin ser perseguidas ni discriminadas por lo que son. No acepto que se pretenda imponer una ideología, pero tampoco que, con la excusa de combatirla, se excluya a quienes simplemente quieren vivir su vida sin que nadie los señale ni los persiga. En Colombia cabemos todos, y nadie debería ser apartado de la sociedad por su orientación sexual. No entiendo qué gana un país cuando empieza a decidir qué personas merecen aparecer en su historia y cuáles deben desaparecer de ella.
Después vi las imágenes del plantón frente al Museo Nacional y sentí tristeza, pero también miedo. Me impresionó la presencia de la fuerza pública frente a ciudadanos que se habían reunido para protestar por el retiro de las piezas. Me pregunté qué justificaba semejante despliegue ante una manifestación pacífica. La Policía tiene una función indispensable. Debe proteger a los ciudadanos, garantizar el orden e intervenir cuando hay violencia o existe un peligro real para las personas y sus bienes. Pero una cosa es estar preparado para responder ante una situación de riesgo y otra muy distinta es hacer sentir a quienes protestan que su presencia constituye, por sí misma, una amenaza. La protesta pacífica es un derecho, no una concesión del presidente de turno.
Recuerdo las marchas contra Petro y pienso en cuántas veces reclamamos que se respetara nuestro derecho a salir a las calles, expresar nuestro descontento y cuestionar al Gobierno. Ahora ese mismo derecho lo ejercen ciudadanos que rechazan las decisiones de De La Espriella. ¿Con qué autoridad podríamos pedir libertad para nosotros y negársela a los demás? La democracia se pone a prueba precisamente cuando quienes protestan defienden ideas que no compartimos. Defender la libertad de alguien que piensa como nosotros resulta sencillo. Defenderla cuando sus ideas nos incomodan exige principios.
Por expresar estas preocupaciones, algunos me han llamado izquierdista y defensor de criminales. Me resulta curioso. Voté por la derecha, sigo siendo de derecha liberal y no he cambiado mis convicciones. Lo que no estoy dispuesto a hacer es aceptar que mi ubicación política me obligue a justificar cada decisión del presidente. ¿Desde cuándo votar por alguien significa renunciar al derecho de criticarlo? ¿En qué momento el respaldo electoral se convirtió en una obligación de obediencia? No necesito convertirme en adversario de De La Espriella para reconocer sus errores, del mismo modo que no necesito estar de acuerdo con quienes protestan para defender su derecho a hacerlo. Puedo cuestionar a un Gobierno sin convertirme en militante de la oposición y puedo reconocer la dignidad de otras personas sin renunciar a mis propias ideas.
Lo que más me preocupa es que volvamos a acostumbrarnos a mirar al que piensa diferente como si fuera un enemigo. Colombia conoce demasiado bien ese camino. Hemos vivido guerras civiles, persecuciones políticas y generaciones enteras marcadas por el odio. Todavía cargamos con las consecuencias de una historia en la que demasiadas personas creyeron que sus adversarios no merecían un lugar en la nación. No quiero que volvamos a ese punto. Me preocupa que algunos crean que quienes apoyan al presidente son los únicos que desean lo mejor para Colombia y que quienes lo cuestionamos estamos actuando contra el país. Ningún partido, ninguna ideología y ningún mandatario tienen el monopolio del patriotismo.
El fanatismo carcome el pensamiento y termina por gangrenar el cerebro. Lo he visto en la izquierda y lo veo también en la derecha. Cambian las banderas, cambian los discursos, pero la enfermedad es la misma. Quien está convencido de que solo él tiene la razón termina creyendo que puede decidir quién merece ser escuchado, quién debe guardar silencio y quién sobra en la sociedad. Así empieza el oscurantismo. No siempre llega con censores que prohíben libros ni con autoridades que persiguen abiertamente a sus críticos. A veces comienza con algo que parece más sencillo, con la idea de que las opiniones incómodas deben desaparecer, que ciertas personas no merecen representación y que el poder tiene derecho a escoger qué partes de la historia podemos recordar.
No sé si me equivoqué al votar por Abelardo de la Espriella. Quizá debí votar en blanco. Ya no puedo cambiar aquella decisión, pero sí puedo decidir qué hago ahora. No voy a justificar lo injustificable para defender un voto ni a fingir que estoy de acuerdo con aquello que me preocupa. Sigo siendo de derecha liberal y precisamente por eso me inquietan las actuaciones que considero autoritarias. He aprendido que reconocer un error no me hace menos libre ni menos fiel a mis principios. Lo que sí me haría daño sería advertir que algo está mal y quedarme callado por miedo a admitir que apoyé a quien lo está haciendo.
He pasado de creer que siempre tenía la razón a aceptar que también puedo equivocarme. Ha sido una de las lecciones más difíciles de aprender. Por eso me cuesta entender a quienes convierten la política en una pelea en la que solo puede quedar un bando en pie. No quiero que un Gobierno me diga qué debo pensar, a quién debo respetar o de quién debo desconfiar. Tampoco quiero que mis propias ideas me impidan reconocer la dignidad de quien piensa distinto. Colombia no le pertenece a un presidente, a sus votantes ni a una ideología. Nos pertenece a todos, incluso a quienes incomodan al poder.
Voté por De la Espriella porque creí que era la mejor opción para Colombia. Hoy tengo dudas y no me avergüenza reconocerlo. Quizá me equivoqué, como me he equivocado tantas veces en la vida. Pero hay algo que tengo claro. No quiero volver a ser aquel hombre que creía tener siempre la razón, ni convertirme ahora en alguien que necesita defender un error para no reconocer que se equivocó. Ya veremos qué queda de este gobierno cuando pasen los años. Por ahora, prefiero decir lo que pienso, aunque les moleste a quienes alguna vez votamos por el mismo candidato.
Por: Aldumar Forero Orjuela- @AldumarForeroO
