Una de las peores características o variantes de la política es cuando el egoísmo y la prepotencia se imponen por encima de cualquier debate técnico argumentado, sustentado, que se deba dar respecto a aspectos fundamentales de la vida de las personas.
Porque resulta que la vida de las personas no admite errores, no reconoce ideologías y tampoco atiende a caprichos personales.
Colombia ha visto como poco a poco, mes tras mes, desde hace aproximadamente 2 años, un sistema de salud que, aunque imperfecto, era uno de los más destacados de la región, admirado en el mundo y bien calificado por la mayoría de sus pacientes.
Pero poco a poco este empezó a hacer agua por cuenta de una reforma de la salud que se quiso implementar de facto por la ministra Carolina Corcho, quien fue la ideóloga y autora intelectual de todo el componente de salud de la propuesta de gobierno de la del actual presidente Gustavo Petro, y fue una propuesta que lastimosamente se ejecutó de una manera irresponsable y abrupta.
Sin estudios y sin mucho menos diálogos, sin análisis rigurosos, simplemente porque a una persona le parecía que el sistema de salud no funcionaba y esa persona decidió hacer una ejecución de planes que efectivamente causaban un colapso de un sistema de salud. Y eso es lo que en Colombia lastimosamente se está viendo.
Primero, porque claramente el sistema tenía muchísimas cosas por mejorar; el sistema tenía que corregirse, principalmente en su descentralización, en la fortaleza económica en los municipios más alejados, en mejorar algunos tiempos de asignación de citas con especialistas y varios aspectos que son de otro tema a tocar.
El problema es que hoy nos quedamos sin ese sistema que teníamos, que era absolutamente mejor de lo que es ahora, y el sistema de salud que propuso este nuevo gobierno, pues tampoco funciona. Y dirán ellos que por qué no se les aprobó la reforma, no funciona, pero ese es el punto de la democracia.
Si a un congreso, que es la representación del pueblo, no le convence la reforma, no tiene por qué aprobarla, no está en esa obligación y eso nos da pie para que un gobierno involucione, erosione, bombardee el sistema que no le gusta.
Cuando en ese sistema están todos los colombianos cobijados y en el cual, afortunadamente, ha percibido muchísimas mejoras en su atención en la calidad y cobertura.
Pero como ya lo han hecho, hecho está, y lastimosamente no se puede volver el tiempo, queremos de este editorial llamar a una reflexión. Sabemos y somos conscientes de que puede ser un canto la luna, pero no queremos dejar de hacerlo.
Una reflexión muy seria al interior del actual gobierno, del seno del actual gobierno, y es: no pueden dejar que esto siga sucediendo como si nada pasara, sería criminal no hacer algo.
Y no hacer algo que se basa simplemente en que aprueben la reforma; ya con eso arregló todo. A este gobierno le queda un poco más de un año, absolutamente insuficiente para adelantar una reforma a la salud y mucho menos para implementarla.
Este gobierno tiene que aceptar que al país no le gustó esa propuesta, no le gustó ese sistema que ellos pusieron en consideración, y que en una democracia hay que llegar a consensos, a acuerdos; ese es el llamado que hacemos hoy.
A que lleguen a unos acuerdos entre todos los actores políticos, entre empresas, asociaciones, farmacéuticas, gremios, pensando solo en una cosa, la vida de las personas, no pensando en política, no pensando en otro tipo de situaciones que efectivamente van a poner en riesgo más vidas, como las que ya se han perdido y se pierden todos los días en medio de una tromba de discusión sin sentido.
Nadie les va a perdonar que no tomen decisiones urgentes ya; ni la historia, ni las familias, ni el país entero se los va a perdonar. Es un deber moral, ético; es imperativo que el gobierno que habla de la vida cuide la vida.
Y que no considere el presidente Petro una derrota que su reforma no haya sido aprobada y seguramente tampoco será aprobada en esta legislatura. No se trata de una lucha personal, se trata de que todos los presidentes, todos los mundiales, los más grandes del mundo han tenido derrotas, han tenido que ceder, han tenido que negociar.
Y tendría él un acto de grandeza y el país se lo reconocería si entiende que con solamente su voluntad y su decisión, su directividad pueden ser partidas. Desde hoy hasta el final de su gobierno.
Y sería para, ahí sí, la historia de Colombia, un hecho que se reconocería, que sería eje y que sería algo saludable para la malherida democracia colombiana.
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