Mientras buena parte del país discutía ayer los decretos de la emergencia económica, José Manuel Restrepo firmaba, en esa misma semana, la hoja de ruta que lo convierte formalmente en la persona con más responsabilidades operativas del actual Gobierno. El Decreto 1373 del 9 de septiembre va mucho más allá de un trámite protocolario para llenar el vacío histórico de una Vicepresidencia decorativa.
En realidad, le entrega con nombre propio las tareas más difíciles y más urgentes que tiene Colombia por delante: reconstruir lo que el terremoto destruyó, atraer el capital que el país necesita, modernizar un Estado que se ahoga en su propia burocracia y sostener la estabilidad macroeconómica en medio de la tormenta. Quien firma ese decreto le está diciendo al país algo simple: aquí hay un hombre en quien se puede confiar la carga más pesada. Y el país, empezando por su propio Gobierno, tiene la obligación de no dejarlo solo.
Basta mirar la lista de frentes para entender la magnitud del encargo. Restrepo coordina la estabilidad macroeconómica y la atracción de inversión, incluidos los Proyectos de Interés Nacional Estratégico, justo en un momento en que la inflación sigue por encima de la meta, la tasa de intervención está en el 12% y el mundo mide con lupa el riesgo país antes de invertir aquí. Además, coordina la modernización del Estado con inteligencia artificial, es decir, la tarea de convertir un aparato público lento y fragmentado en lo que el propio decreto llama un «Estado inteligente y sin barreras».
También tiene bajo su ala la seguridad energética, entendida como la generación y transmisión de energía, los hidrocarburos, los minerales críticos y las renovables, en un país que no puede permitirse otro apagón. Y, en el plano internacional, encabeza la proyección de la economía a través de las «Semanas Milagro», la vitrina con la que Colombia debe convencer al mundo de que aquí sí se puede invertir con tranquilidad.
Como si fuera poco, la vida real le sumó una responsabilidad que ningún decreto anticipó: ser el «padrino» de la reconstrucción de Caldas, uno de los departamentos más golpeados por el sismo del 10 de agosto, y encabezar la delegación de Colombia ante las Naciones Unidas el próximo 24 de septiembre, hablando en nombre del propio presidente ante el mundo. Reconstrucción física, estabilidad fiscal, transformación digital del Estado, seguridad energética y diplomacia internacional se cruzan hoy en un mismo despacho, algo que pocas veces se había visto en la historia reciente del país concentrado en una sola agenda, tan ancha y, al mismo tiempo, tan indispensable.
Hay quienes verán en esa concentración de tareas un riesgo. Esta casa editorial, en cambio, lo ve ante todo como una decisión racional. El propio decreto aclara que la coordinación del vicepresidente no sustituye ni subordina las competencias de los ministerios. Se trata, más bien, de ponerle nombre y liderazgo a la articulación entre entidades que, sin alguien con autoridad para exigir resultados, suelen trabajar cada una por su lado. Colombia ha pagado durante décadas el precio de esa desarticulación, con proyectos que se demoran años por falta de un responsable claro, entidades que se echan la culpa entre sí y reconstrucciones que se quedan en anuncios. Por eso, ponerle un rostro y una firma a esa coordinación no debilita al Estado, sino que, por fin, empieza a ordenarlo.
Y ese rostro tiene credenciales que no se improvisan. Restrepo es economista, magíster de la London School of Economics y doctor de la Universidad de Bath. Antes de llegar al poder dedicó casi tres décadas a construir instituciones: fue rector de la Universidad del Rosario, del CESA y de la Universidad EIA. Además, ya fue ministro de Comercio, Industria y Turismo y ministro de Hacienda durante el gobierno de Iván Duque, lo que significa que no está aprendiendo el oficio de gobernar en tiempo real, en medio de una tragedia nacional. En pocas palabras, es uno de los servidores públicos técnicamente mejor preparados que ha tenido este país en una vicepresidencia en mucho tiempo.
Pero hay algo más allá de las credenciales, aunque no aparezca en ningún decreto. Quienes lo conocen, colegas de universidad, funcionarios que trabajaron con él y periodistas que lo han seguido durante años, coinciden en describir a un hombre disciplinado y sereno, que no necesita el escándalo para hacerse notar y que, a lo largo de su carrera, ha sabido rodearse de gente capaz en vez de aduladores. De hecho, se le ha visto estos días trabajando codo a codo con su esposa, Tatiana Céspedes, en la respuesta a la emergencia del terremoto, lo que retrata mejor que cualquier discurso el tipo de persona que es: alguien que no delega lo que puede acompañar personalmente, ni siquiera cargando media agenda del Gobierno.
Ese temple, de padre, de esposo, de hombre que cuida lo suyo con la misma seriedad con la que cuida lo público, es precisamente el que Colombia necesita al frente de una reconstrucción que no admite atajos.
Por eso este editorial no se limita a describir el encargo, sino que hace un llamado explícito. El presidente De la Espriella, su gabinete completo, el Congreso, los gremios y hasta quienes no comparten la orientación política de este Gobierno tienen la responsabilidad de rodear a José Manuel Restrepo, no de zancadillearlo.
Ningún país puede darse el lujo de sabotear, por cálculo político menudo, al único funcionario con la autoridad formal y la capacidad técnica para articular al mismo tiempo la reconstrucción, la inversión y la modernización del Estado. Ponerle trabas a Restrepo no solo golpearía a un hombre: golpearía también a Caldas, a Chocó, a Risaralda y a cada colombiano que espera que su casa se reconstruya y que su país vuelva a ser atractivo para quien quiera invertir en él.
Colombia tiene, en este momento, pocos pilares tan claros como este. Restrepo no necesita aplausos ni protagonismo; necesita equipo, recursos y respaldo político sostenido para que la enorme misión que se le confió no se quede en el papel. Este es el momento de decirlo sin rodeos: aquí hay un hombre bueno, preparado y disciplinado, que carga hoy con lo más difícil que tiene el país por resolver. Rodearlo, entonces, no es un favor personal: es sencillamente la manera más inteligente que tiene Colombia de garantizar que las cosas, esta vez, sí pasen.
